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COLUMNA INVITADA

Siete vidas

COLUMNA INVITADA

“Puedes sacar al tigre de la selva, pero no podrás sacar la selva de dentro del tigre”: Guillermo Arriaga.

“El mejor de América”, esa fue la promesa. Uno de mis mayores recuerdos cuando era niño fue cuando mi padre me dio una bandera de Tigres y celebramos que el club había regresado a Primera.

Honestamente no entendía. Tendría seis o siete años y, para esa edad, el equipo de tu papá es el único club que existe, no hay más.

Fui creciendo y me di cuenta que no éramos los mejores, de hecho, no estábamos ni cerca. A lo máximo que aspirábamos era a ganar un partido regional que dividía a una ciudad entera, pero no trascendía más allá de nuestras fronteras.

Mi adolescencia fue similar. Salvo las dos Finales de principios de los 2,000, en las que el Campeonato no se logró, la historia parecía repetirse: ganar un juego contra el rival y hacer matemáticas para entrar a las finales.

El tiempo siguió y entramos por primera vez a una Copa Libertadores. Era un orgullo tremendo ver el escudo que te hacía palpitar el corazón al lado de los grandes emblemas de toda la vida, aunque no terminara en nada. El reloj siguió y soñábamos con ganar, a tal grado que llegamos a asegurar: “Con que los vea Campeones una vez, con eso basta”.

Entré a la facultad, me fui a vivir a otro país, regresé y todo seguía igual. Incluso, estuvimos muy cerca de volver a la Segunda, pero el destino tenía otros planes.

Dos años después de casi descender de nuevo, lo logramos. Vimos a Tigres Campeón. “Ya me puedo morir”, dije. Qué bueno que no sucedió.

Seguimos creciendo, llegaron más Finales, ganamos títulos, regresamos a Sudamérica y no de vacaciones, le metimos un susto a todo el Continente: “¿Quiénes son los Tigres de México?”. Al final la ilusión fue negada por la realidad, pero no morimos, nos hicieron daño y, cuando tú rasguñas al tigre, te saca las garras.

Nos hicimos más fuertes y dominamos el país. Cobramos un par de deudas pendientes ganándole una Copa al de enfrente. Después nos enfocamos en hacernos internacionales y fracasamos, no una vez, ni dos, ni tres.

Parecía que jamás lograríamos lo que tanto se nos recriminaba, hasta que lo obtuvimos, le arrancamos una sonrisa al peor año de la historia.

Hoy se ha cumplido la promesa. Somos los mejores del Continente. Estamos en la cima del planeta, y aunque no vuelvan a creer en este equipo, nosotros lo seguiremos haciendo porque un tigre, como buen felino, siempre tiene una última vida por jugarse.

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