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Recuerdos de una vida olvidable…

Sobre el 8M y la falta de cabeza del autor

Recuerdos de una vida olvidable…

Sobre el 8M y la falta de cabeza del autor

—Licenciado, le está pidiendo el secretario que asista esta tarde a la reunión de negociación política con el grupo de mujeres que amenaza impedir el mensaje del gobernador el día 8 —me informó la asistente de la oficina, aviso que me desconcertó.

—¿Qué tengo que hacer en esa reunión? Sólo soy el encargado del discurso —respondí pensando en la posibilidad de una equivocación en la convocatoria.

—Ya les dije, pero sí es a usted al que convocan —dijo solícita, como era su costumbre, la colaboradora del área.

Llegué puntual a la oficina del encargado de las negociaciones particularmente difíciles en ese gobierno del centro norte de la República. Me hizo pasar casi de inmediato a su oficina, donde alrededor de una mesa redonda estaba sentado un grupo de ocho mujeres con apariencias distintas, pero una sola actitud de agresividad… ¿o agravio?

Por razones de espacio, limito la descripción del consabido protocolo guiado por el secretario en alusión al interés del mandatario para escuchar a su pueblo, así como a su pesar por no estar en la reunión, de cuyo resultado, por supuesto, estaría muy atento.

Una vez cubierto el expediente, el funcionario abrió la conversación, sin que yo aún supiera cuál era mi papel en la junta. No tardaría en averiguarlo, y seguir sorprendido.

Las mujeres reclamaban la falta de una política clara del gobierno estatal en materia de género, así como la ausencia de resultados concretos a favor de sus derechos, es decir, no estaban mintiendo.

Su postura parecía innegociable: o el gobernador definía su posición ante la problemática de la mujer o se manifestarían en el evento –en preparación ya más como un acto de forma social que de fondo humano– para suspenderlo.

—Bueno, aquí se quedan con el licenciado Rivera para que platiquen —expresó el secretario, haciéndome sentir que era lanzado sin paracaídas desde un avión en vuelo.

Sin pronunciar más palabras, salió de la oficina “como los meros machos”, dándome, quizá sin querer, la oportunidad de vivir una experiencia que nutriría mi vida. Fueron tres reuniones las que tuvimos, en las que pasé de pensarme en riesgo de castración a entender que la lucha de ellas no sólo era más que justificada, sino que mis hijas formaban parte de ella.

En cierto momento se interrumpió el diálogo por la insistencia de elaborar una proclama de lectura obligatoria, no una propuesta susceptible a ser aprobada, modificada o rechazada por el jefe del Ejecutivo. Reanudamos la conversación cuando entendimos que lo único que podíamos asegurar alrededor de esa mesa era hablarnos con la verdad.

Procuración de justicia bajo óptica machista, discriminación laboral y hasta una política de créditos que a los hombres facilitaba la compra de maquinaria agrícola y a la mujer daba acceso sólo a paquetes de aves o huertos familiares, eran algunas de sus incontestables denuncias. Nunca había hecho un discurso conociendo, directamente, tanto del público meta.

Llegó el Día de la Mujer, ocasión para la que suponía se contaba con la propuesta de un mensaje de rico contenido, que además cumplía con las formas políticas, a decir del secretario que se había ausentado de las discusiones, pero no del satisfactorio final de estas.

Poco antes del acto conmemorativo arribó también una llamada del gobernador:

—¿En qué cabeza cabe un discurso de esa naturaleza, cuando en esta fecha lo que la mujer quiere escuchar es solamente una felicitación y saberse tierno y bello motor de la sociedad?

Antes de que se vaya mi memoria, y yo con ella, evoco lo anterior, no a propósito de este mes, sino de la razón que no puede estar sujeta ni a la fuerza ni a la costumbre, aun cuando estas sinrazones sean dictadas por quienes tienen el poder.

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