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Crónicas de un comelón

Teatralidad vs. Experiencia gastronómica

Crónicas de un comelón

Teatralidad vs. Experiencia gastronómica

¿Qué buscamos en un buen restaurante?, es momento de aterrizar nuestras expectativas.

La conversación tuvo lugar hace ya varios años, mientras tomábamos parte en el eterno debate sobre si los chilaquiles deben estar suaves, o crujientes. El interlocutor mencionó que él prefería cuando los totopos estaban fritos al momento, y de esta manera quedaban suaves al hacer los chilaquiles. 

De igual manera, leía hace poco a alguien que buscaba recomendaciones de lugares en los que sirvieran sopas en un tazón de pan "recién hecho" o gente quejándose de que las papas fritas de algunos lugares de la ciudad saben "a bolsita". 

Leer esos comentarios me llama la atención, por un lado porque algunas de esas expectativas de los clientes son prácticamente una imposibilidad en la práctica. Una tanda de totopos se tarda varios minutos en el aceite. 

Para estar listos para un servicio de desayuno, un lugar cualquiera se prepara con varios kilos de totopos porque estar friendo la cantidad necesaria para cada orden sería sumamente impráctico. 

De igual manera, un pan del tamaño de los que se suelen utilizar para la sopa requiere una cocción que estará alrededor de los veinticinco o hasta treinta minutos. Si realmente fueran recién horneados sus tazones de pan, todas las sopas así servidas de los restaurantes tendrían su advertencia de que requerirían un tiempo de preparación de alrededor de 45 minutos. Dudo que alguien esté realmente dispuesto a esperar tanto tiempo para una sopa. 

Sobre las papas, ya mejor ni me quiero meter en problemas. A lo que quiero llegar, estimados lectores, es a exhortarlos a que tengamos expectativas realistas sobre lo que buscamos en los restaurantes o que reevaluemos a qué es lo que le otorgamos valor. 

En los años previos al Instagram, también recuerdo haber tenido una conversación con alguien que contaba con mucha admiración sobre uno de sus restaurantes favoritos. Más allá de la calidad de la comida, que asumiremos que era buena, mencionaba cómo lo que más le gustaba, era que el restaurante utilizaba decoraciones demasiado vistosas como ponerte un tenedor gigante en los cortes, o acompañar un martini con diamantes falsos.

No podemos negar que la teatralidad es parte de la experiencia gastronómica desde hace siglos, pero tampoco me parece lo más correcto que se valore ese aspecto de un restaurante sobre lo que debería ser su esencia. 

La excepción más notable a esto sería sin duda los restaurantes en los que muchas veces los padres de familia tenemos que tolerar comida no tan buena, con tal de que el negocio entretenga a las "bendiciones". 

Algunos lugares, debemos admitir, se han hecho famosos por aspectos teatrales, como unas ciertas comadres o un chef local bastante gruñón, pero al menos tienen la gracia de hacer comida deliciosa. Ustedes, lectores, ¿cómo juzgan un buen restaurante?

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