OpenA
Las cartas sobre la mesa

Tiempo para ganar la eternidad

Las cartas sobre la mesa

Tiempo para ganar la eternidad

Este fin de semana reflexionamos en dos realidades, el tiempo y la eternidad. Cómo vivimos el tiempo que es la antesala de la eternidad. El profeta Amós en la primera lectura hace un llamado fuerte a ayudar a los demás, critica a quienes van por la vida con un sentido de indiferencia, "no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida", Amós habla implícitamente de los ricos samaritanos, que viven de las cosas meramente humanas, olvidados del futuro juicio de Dios.  Pablo recomienda a los primeros cristianos "llevar una vida de rectitud, luchando el noble combate de la fe y conquistar la vida eterna", una recomendación para vivir dignamente en el tiempo y lograr la eternidad con Dios, conscientes de que la fe en Jesús ofrece una garantía segura. El evangelio nos previene del peligro que puede esconderse detrás de los bienes cuando son usados irresponsablemente, estaremos en dificultades al final de la vida si se olvida ir al encuentro del necesitado, situamos al rico Epulón y a Lázaro primero en este mundo y luego en la eternidad. 

Para quienes tenemos fe en la eternidad, el tiempo es un tesoro, una verdadera riqueza, porque en él se pone en juego nuestra situación en el más allá del tiempo. La parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro no subraya el problema de la diferencia entre ricos y pobres. Acentúa más bien el juicio de Dios, en la eternidad, sobre la actitud acerca de la riqueza y de la pobreza. El rico que en este mundo se dedica a descansar y a pasárselo bien, despreocupándose de los pobres, verá tristemente cambiada su suerte en el más allá. Así le sucedió al rico Epulón. El pobre que en esta vida acepta serenamente su condición, sin quejas y sin odios, será recompensado en la eternidad con la gran riqueza que es Dios mismo. Esto es lo que aconteció al pobre Lázaro. El primero, para su desgracia, vive como si la eternidad no existiese. El segundo, para su bien, es un pobre de Yavéh, que tiene puesta su confianza en la recompensa que Dios le dará en la vida venidera. Al rico Epulón no se le recrimina el ser rico, sino el no ser misericordioso, el no tener corazón para quien yace llagado a su puerta. A Lázaro no se le retribuye por su condición de pobreza, sino por su paciencia y resignación, al estilo de Job. Epulón pone su riqueza al servicio de su sensualidad e intemperancia, Lázaro pone su pobreza al servicio de su esperanza.

Jesús en la parábola nos enseña que en la eternidad, Dios hará justicia y retribuirá a cada uno según sus obras. Esta enseñanza ha de iluminar también nuestra vida presente, de manera que podemos hablar también de jugarnos el tiempo en la eternidad. Es decir, el pensamiento del mundo futuro nos conducirá a ser justos y solidarios en el mundo presente. Lo contrario les sucede a los ricachones de Samaria, que, despreocupados del futuro y olvidados de la suerte de su patria, viven "arrellenados en sus lechos de marfil, comen corderos del rebaño y terneros del establo, beben vinos en anchas copas y se ungen con los mejores aceites", leemos en la primera lectura del profeta Amós.

Pablo exhorta a Timoteo, hombre de Dios, creyente y cristiano auténtico, a huir de estas cosas. ¿Cuáles son esas cosas? La avaricia, el afán de riquezas, el apetito de dinero. Debe huir porque "nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él". Le exhorta después "a combatir el buen combate de la fe" en esta vida para poder alcanzar la eterna, en la que reina Jesús, el Rey de los reyes y el Señor de los señores. La fe es como la morada en la que el cristiano vive ya la eternidad en el tiempo y el tiempo en la eternidad. Porque vive la eternidad en el tiempo "corre tras la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia en el sufrimiento, la dulzura". Porque vive el tiempo en la eternidad busca con sinceridad de corazón honrar y dar gloria a Dios. Amós, por su parte, nos enseña que existe una fe equivocada, una falsa confianza en el culto y en la religión, simbolizados en el monte Garizín y en el monte Sión, como si el culto, aisladamente, fuese suficiente para obtener la salvación. Nunca la fe religiosa producirá automáticamente la salvación, cuando con ella se cubren indignamente toda clase de injusticias y de desórdenes de la vida. En definitiva, la eternidad está asegurada únicamente para aquellos que viven una vida de fe, que actúa por medio de la caridad. La vida es la oportunidad que Dios nos brinda en la que nos jugamos la eternidad.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.  P Noel Lozano: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey.

×