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Opinión

¿Todos rabones?

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¿Todos rabones?

La educación en el mundo tiene un compromiso con la sociedad, que es tan grande, que sus propias capacidades se ven diminutas y muestra terribles flaquezas cuando la confrontamos con los retos que se presentan todos los días.

En las leyes laborales mexicanas hay una afirmación común que dice que se aplica igual para los iguales y desigual para los desiguales. La primera vez que la escuché, me pareció una tontería, pero con el paso del tiempo he encontrado muchas formas de apreciarla como una verdad completa.

La estructura del aprendizaje en la historia de la humanidad es milenaria y la imitación ha sido parte importante en ella, pero en tiempos más recientes, el sistema educativo con el que vivimos y convivimos hoy en día cuenta con bases establecidas hace un siglo y cuarto, cuando la revolución industrial hizo su aparición en el mundo y aún no llegaba el año 1900.

Las universidades modernas fueron impulsadas y orientadas fuertemente hacia la generación de un mercado de empleados capacitados para las grandes industrias que necesitaban filtros de talento que les ayudaran a encontrar a los más apropiados para ayudar al crecimiento de sus empresas y seguir generando riqueza.

Lo anterior amerita un análisis, pero no un juicio. No es, ni bueno ni malo, que se hayan trazado esos fines y alcanzado metas inherentes, pero en cambio sí debemos preguntarnos si ese sistema sigue siendo el adecuado para hoy, o más aún si servirá en el futuro para este mundo cambiante. Yo pienso que no.

Luego de más de un siglo de existencia, el sistema educativo nos ha quedado chico frente a la nueva talla del mundo, porque sus bases ya no son vigentes. Ni estamos ante un capitalismo manchesteriano, ni tenemos la utopía del comunismo, por lo que más importante es que se inicie el cambio desde las mismas universidades, antes que queden rebasadas por una sociedad con iniciativa veloz y apabullante.

Lo mismo pasa en la parte baja de la tabla. La instrucción primaria basada en calificaciones nos atrae al universo de los juicios en los que abundan la burlas y el bullying oficial que castiga al que piensa antes que memorizar, que sentencia al que elige tomar su propio criterio porque se le considera que está en el error. "piensa menos, no te equivoques", es una de las sentencias comunes.

Aprender matemáticas es importante en general, pero si alguien pierde interés en ellas, es porque no está en su gusto y eso debe ser considerado como algo tan natural como desigual. Pero queremos que todos los niños sean iguales y calificarlos iguales, exigirles igualdad, memorizar antes que crear. ¡Vaya cárcel!

La educación que hoy prevalece, está más basada en las historias, las cosas e información que encontramos en línea a través de la gran carretera del Internet. A muchos no les importa que sea cierto o falso, sino si se identifican con eso o no. Si eso es basura o no, no importa, porque simple y llanamente ahí está y las reglas no parecen existir en ese mundo virtual.

Estar en una escuela es poner a todos bajo el mismo rasero, alejando al alumno de la libertad porque se le aplica el sistema igualitario preelaborado hace más de un siglo. Es una cárcel para el ingenio y es una limitante para la creatividad, porque ahí no eliges con quien estar, mientras que si no vas a la escuela, es el alumno el que elige con quien estar y convivir.

Y aparecerán de nuevo los juicios, "si no aprendes matemáticas no la vas a hacer en la vida", insertando la idea de un fracasado a quien no lo es. "Si no sacas buenas calificaciones, eres un tonto", asignándole un papel de inferioridad al niño que no es inferior.

Si las evaluaciones al alumno están basadas en lo memorizado y no por lo que puedas hacer con lo aprehendido, el sistema está condenando a los alumnos a entrar en la vida como la información a una computadora.

El nuevo sistema educativo merece una atención a las nuevas tecnologías, a las nuevas dinámica y psicología sociales, a los deseos emocionales del educando y a las nuevas condiciones económicas del planeta.

Habrá quien quiera culpar a los maestros, pero ellos sólo asumen el rol que se les ha asignado y cumplen con el guion que escribieron otros hace décadas, aunque eso les haga sentir frustración, por lo que en el diseño educativo las habilidades de ellos deberán ampliarse para contemplar la felicidad, tanto de maestros como de sus alumnos.

Si alguien piensa que sólo estudiando se llegará a ser rico, ya puede buscar en Internet, para darse cuenta que los grandes millonarios de la era de la inteligencia artificial son personas que persiguieron lo que deseaban antes que alcanzar un título universitario.

Mientras el sistema siga creando estrés educativo, se seguirá reduciendo la capacidad de pensar y, por lo tanto, de crear. Y sin creatividad, despidamos al futuro promisorio. Igualmente, si seguimos sin inculcar la responsabilidad social como una tarea de todos, seguiremos contratando gobernantes incapaces de resolver la problemática comunitaria. Y luego siempre hay alguien que niega que nos merecemos los gobernantes que tenemos. Pues claro que los merecemos, porque no hemos hecho lo suficiente para que las cosas sean diferentes y buenas.

Papás delegando en los maestros, gobernados delegando en sus gobernantes, feligreses delegando en sus sacerdotes o pastores, la lista es larga y puede aplicar a la actividad que tú elijas, pero si no nos preguntamos ¿Qué hago yo para que el futuro que quiero sea una realidad? No tenemos derecho a quejarnos siquiera, porque sin aceptar que somos responsables, nada cambiará en los demás.

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