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Crónicas de un comelón

Una festiva romería

Crónicas de un comelón

Una festiva romería

De cómo aprendí a odiar y amar a los romeritos.  

Por estos días, me invitaron a dar una muy, muy breve clase en línea con el tema de los sabores de la Navidad. Pensando en las cosas que me gustaría compartir en la breve sesión, me encontré con que un platillo, que yo solía asociar más con el año nuevo, también se consume en Navidad, aunque quizás no sea el más socorrido acá en el norte. El platillo en cuestión, son los romeritos y de cierta manera… los odio.   

No me lo tomen a mal, saben riquísimos, pero alguna vez “se me ocurrió” prepararlos. Fue hace ya algunos años, un buen amigo nos invitó a una reunión “de traje” con motivo de las fiestas. Me dijeron que me tocaban los romeritos y sus respectivas tortitas de camarón. Les tengo que confesar que era un platillo que jamás había preparado. 

Es más, las tortitas de camarón, incluso, creo que ni siquiera las había probado. Después de investigar cómo debía ser la preparación y de haber hecho los cálculos necesarios para saber cuánto necesitaríamos, me fui al supermercado por los dos kilos de romeritos que había calculado preparar.

 Lo que nadie me dijo (te estoy hablando a ti, YouTube), es lo laborioso que resulta el proceso de limpieza, además de la increíble cantidad de tierra que sueltan en el proceso. Yo no soy de sentarse mientras cocino, gajes del oficio, pero ese día terminé, no sé cuántas horas y cuántos kilos de tierra después, con los dichosos romeritos limpios. 

No los terminé sólo, por ahí de medio camino, mi esposa también se apuntó para formar parte de la brigada de la limpieza de los romeritos. Dos cosas pasaban constantemente por nuestra mente: ¿cuándo se acaba esto? y ¿no habrá quien los venda ya limpios?   

Pero bueno, habiendo superado la prueba, me dispuse ha preparar el guiso y ya estando este en la olla, ocurrió la segunda “desgracia”. Recibí un mensaje que decía que no pusiera las tortitas dentro del guiso, porque había una persona alérgica a los crustáceos. Se me bajó la temperatura, porque ya había algo de camarón seco nadando en el mole. En fin, algo que se resolvía de forma sencilla, avisando.   

Llegamos a la reunión con los romeritos que tanto trabajo habían costado, yo nervioso porque era la primera vez que los hacía y los demás comensales los conocían bien. No recuerdo a ciencia cierta si me dijeron cómo me quedaron. 

Lamentablemente el tema culinario de la reunión se vio descarrilado por culpa del bacalao que, trágicamente, había quedado salado.   No soy Esopo, pero la moraleja, queridos lectores, es que más allá del sabor de los platillos, tenemos que apreciar la cantidad de trabajo que puede ir detrás de ellos. Y que aunque hay muchos que sí hacemos esto como forma de ganarse el pan, también hay muchísimos que lo hacen por amor, no al arte, sino a sus comensales.        

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