Arturo Ortega MoránMonterrey
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Una historia de amor


El origen de la palabra ‘‘amor’’ hay que buscarlo en tiempos muy remotos, cuando no había más lenguaje que primigenios fonemas.

‘‘Ma’’ es el natural sonido que haría un bebé al mover sus labios para expresar su deseo de ser alimentado.  Por ser la madre primera fuente de alimento y afecto, en ese ‘‘ma’’ se guardarían ambos conceptos. El origen fisiológico de esta sílaba explica por qué en lenguas tan distantes la palabra para referirse a la mamá sea tan parecida. En hebreo “íma”, en quechua “mama”, en chino “mama”… sólo por mencionar algunas. De la misma raíz nacería el verbo ‘‘amar’’, que en principio se asociaba con el afecto maternal pero que luego extendería su significado para nombrar otros sentimientos como la amistad y el amor de pareja.

A ese instante en que brota la chispa de la atracción entre hombre y mujer, los romanos lo explicaban con la intervención del mítico Cupido, ese niño con alitas y encuerado que se entretenía lanzando flechas “envenenadas” para dar inicio a las historia de amor.

A partir de ese momento, el varón se convertía en pretendiente e iniciaba el cortejo. Pretendiente viene del latín ‘‘prae’’ (al frente) y ‘‘tendere’’ (aproximarse o  estirarse para tomar algo, en este caso a la muchacha). Cortejar es halagar mediante regalos y atenciones como sucedía en las cortes reales en las que los cortesanos trataban de quedar bien con el mandamás mediante obsequios y cumplidos que pasaron a llamarse ‘‘cortejos’’. La palabra ‘‘corte’’, en este sentido, viene del latín “cohors”, que encierra la idea de un lugar cerrado y separado, supongo que para no mezclarse con la chusma.

Ya metidos en esa “trampa” de la naturaleza, el galán pasaba a pedir la mano de la muchacha. Esto ha generado mucha curiosidad porque uno se pregunta: ¿y por qué sólo la mano? La respuesta está en el antiguo derecho romano. En esta sociedad, “manus” tenía el sentido de “patria potestad o tutela”, y las mujeres siempre tenían que estar bajo la “manus” de un tutor. Naturalmente, en sus primeros años estaban bajo la “manus” del padre y cuando se casaban quedaban bajo la “manus” del marido. De modo que cuando el varón pedía la “manus” de la chica, en realidad lo que solicitaba era la tutela para hacerse cargo de ella y de sus asuntos.

Si todo salía bien quedaban comprometidos y los jóvenes se convertían en esposos, voz que viene de ‘‘spondere’’ (prometer).  Aquí hay que resaltar que, en origen, los esposos no eran los que estaban ya casados: eran los que estaban comprometidos, concepto que sobrevive en la palabra ‘‘esponsales’’ (promesa).

Después de un tiempo, se efectuaba la ceremonia en la que la pareja se juraba amor eterno, es decir hacía sus votos que en latín se decía ‘‘votum’’ y en plural ‘‘vota’’. De esta voz nació la palabra ‘‘boda’’, que en rigor debería escribirse “voda” pero la ortografía no sabe de historia. Todos felicitaban a la “nova nupta” (nombre latino para la nueva casada). De ‘‘nova’’ y ‘‘novus’’ surgió la palabra ‘‘novios’’. Es de anotar la curiosidad de que en su origen latino, los esposos eran los comprometidos a casarse y se convertían en novios en el momento en que se casaban, lo contrario de lo que ahora entendemos.

Después de la boda, la pareja se establecía en su casa y por eso se decía que ya estaban casados. Vivían felices para siempre, o al menos eso intentaban,  hasta que eran separados por la muerte… o por el divorcio, que etimológicamente es ‘‘divergir’’, es decir “dar  vuelta en diferentes direcciones”. Y colorín colorado, esta etimológica historia de amor se ha terminado. 

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