OpenA
Latitud

Una historia de los mandatarios mesiánicos

Latitud

Una historia de los mandatarios mesiánicos

Pedro Arturo Aguirre publicó un libro que todos deberíamos leer porque está más vigente que nunca: Historia mundial de la megalomanía". 

Su idea inicial fue narrar los excesos de estos personajes pintorescos e hilvanarlos en forma de capítulos que bien podría ser continuación (en vena política) de aquella Historia Universal de la Infamia de Jorge Luis Borges. 

Aguirre es un reconocido politólogo de México, con muchos libros publicados sobre política global, de manera que su reto de estudiar el común denominador de la megalomanía tenía que ser en formato de ensayo para ejemplificar que la locura humana no es patrimonio de una región en específico y abarca sin excepción todas las culturas esparcidas en el planeta Tierra.

¿Y cuáles son estas huellas de identidad que Aguirre detectó en las sucesivas variantes de megalómano? 

Algunas huellas las define Erich Fromm en su libro: Anatomía de la Destructividad Humana: narcisismo, necrofilia (contrario a la biofilia, según Fromm) egolatría, trastorno bipolar, verborragia, "mandato distorsionado del placer" (Lacan), delirio de grandeza, mesianismo, egoísmo, histrionismo, anhelo de posteridad y un instinto infalible para adaptarse a los nuevos tiempos, incluyendo las últimas tecnologías.  

Pedro Aguirre nos asegura que todos los autócratas comparten la compulsión de sentirse semidioses, para lo que les basta ser "tan crueles como ellos", sugiere el Calígula de Albert Camus.

Pero hay otro ángulo igualmente patético que se deduce de las historias de megalómanos y es el rol que juegan las masas populares en esta descomposición moral. 

Las multitudes súbditas quedan atrapadas en ciclos de denuncias preventivas, de linchamientos morales, contra los herejes del régimen, de adulación desproporcionada y ajena a toda crítica, de falsa conformidad, de disolución de los juicios analíticos.

Así, en las multitudes gobernadas por megalómanos, cada individuo no sólo acepta una creencia absurda, que a su modo de ver todos los demás admiten, sino que reprime a los disidentes que no la aceptan, porque cree que el resto de la gente quiere su imposición.

Aleksandr Solzhenitsyn, célebre escritor ruso, contaba una anécdota sobre uno de los tantos homenajes tributados en vida a Stalin. 

Al terminar de leer su mensaje, el dictador recibió de los presentes un aplauso atronador que se prolongó por casi media hora: ningún invitado se atrevía a parar de aplaudir, por miedo a ofender al líder. 

Sólo el director de una fábrica ubicado en el estrado se decidió a dejar de batir las palmas y discretamente se sentó, seguido por la concurrencia. 

No pasaron ni cinco minutos sin que este director fuera detenido y condenado a un año de prisión en el gulag.

El sometimiento voluntario de los seres humanos a una línea de mando superior no tiene en principio una connotación negativa; así se forjan las "sociedades administradas" (Max Horkheimer). ¿Pero qué pasa si la autoridad nos manipula? ¿Si la voz autorizada nos conmina a cometer arbitrariedades o actos absurdos, ilógicos o fuera de lo razonable? 

La metáfora del Padre reverenciado ilustra este curioso fenómeno. El líder megalómano tiene generalmente un elemental andamiaje moral, fundamentado en la imagen del padre protector, que sustenta su actuación en el valor de la autoridad a secas ("porque lo digo yo") y enseña a disciplinarse en aras del mantenimiento de esa jerarquía filial, que acaba siendo un fin en sí mismo. 

Las sociedades giran en torno a valores paternales, sobre todo después de largas crisis sociales o políticas, que primero a la fuerza y luego de manera voluntaria vampirizan la mentalidad individual. 

A partir de ese pervertido contrato social los valores y conceptos del régimen despótico cobran sentido. 

¿Cuál son estos valores del Padre Protector? La división tajante entre el Bien y el Mal; al pueblo no se le deja libre a su capricho sino que se le orienta. 

Hugo Chávez sentenció en un discurso célebre: "Yo no soy yo, ¡yo soy un pueblo, carajo!". 

Ya nos quedó claro que este Siglo XXI ya no será el final del poder megalómano en la larga marcha hacia las sociedades abiertas y democráticas. 

Los dictadores, tiranos, absolutistas, sátrapas, represores, césares, déspotas, caudillos y autócratas, siguen vivitos y coleando. 

×