Una historia de memoria


Para guardar la memoria, hace milenios inventamos la escritura. Primero imágenes, después ideogramas y luego complejos sistemas de signos para poder decir más cosas.

La palabra ´´escritura´´ revela las preocupaciones de nuestros lejanos antepasados para proteger del tiempo los recuerdos. Había que plasmarlos en materiales fuertes (piedra o madera dura). Entonces era preciso cortar, romper, grabar con fuerza, verbos que se encerraban en la primitiva palabra skreibh, de la que, en latín, se dijo scribere y luego en castellano ´´escribir´´.

Arduo y lento era grabar en piedra; no es difícil imaginarlo. Por eso muchas cosas no se escribieron y fue necesario buscar otros métodos que facilitaran la tarea. De las aguas del Nilo se tomó el papiro y, de las fibras de esta planta acuática se formaban grandes láminas que, por ser quebradizas, no podían doblarse. Por eso se vendían en rollos (voluminis para los latinos). En ellos se deslizaba un calamus (cañita para escribir), cuya estela de tinta con suavidad dejaba grabada la memoria. Así, el acto de escribir pasó de tosco a terso. El lenguaje conservó huellas de esta historia en las palabras ´´papel´´ (de ´´papiro´´) y ´´volumen´´, para referirse a uno de varios libros que,  ya sin ser rollos, constituyen una obra.

También se escribió en pieles y, aunque esto era muy caro, tenía sus ventajas. Eran más durables; en ellas se podía  escribir por ambos lados y además se podían doblar, cosas que no eran posibles con el papiro. En Pérgamo, ciudad griega, se popularizó el uso de estas láminas de piel y de ahí quedó la palabra ´´pergamino´´ (de ´´Pérgamo´´) para nombrarlas. Por su flexibilidad, una pieza grande podía doblarse un par de veces y así tener cuatro hojas, las que cocidas formaban un quaternum (de ´´cuatro´´), que en castellano se dijo ´´cuaderno´´. Uniendo varios de estos quaternum (´´encuadernar´´), se obtenía un libro ya en el formato que hoy conocemos.

Por mucho tiempo, los libros se escribieron a mano y esa fue tarea de los copistas, que por otros nombres se conocieron como ´´amanuenses´´ y ´´escribas´´. Ellos escribían un promedio de tres páginas por día, así que ¡imagínate!, les llevaría más de tres meses sacar un sólo ejemplar  de un libro de 270 páginas. Las erratas abundaban y, para justificarlas, se inventaron un demonio que cambiaba letras y se comía palabras. Hasta nombre le pusieron. Lo llamaron Titivillus.

Cuando en el siglo XV llegó la imprenta de Gutenberg, los copistas quedaron desempleados. No podían competir con las 150 páginas diarias que podía imprimir ese artefacto. Desde entonces, las imprentas han crecido a pasos agigantados, cada vez son más rápidas y mejores. Hoy la tecnología ha producido máquinas que pueden hacer en un día el trabajo de muchos miles de copistas  medievales y con una calidad muy superior. Producen enormes enjambres de libros que viajan grandes distancia y cada vez llegan a más gente para entregar la memoria guardada.

En esta época digital ya contamos con otros medios para liberar nuestra memoria de su cárcel de neuronas: videos, audios o texto electrónico. No obstante, la  impresión en papel sigue siendo una opción apreciada para quien quiere guardar sus recuerdos, sus historias, sus conocimientos o información que le es importante.

¡Ah!, el que ha sido un hueso duro de roer es Titivillus, que no ha sido completamente exorcizado y sigue haciendo de las suyas. Las erratas siguen apareciendo, en mayor o en menor grado. Sólo espero que a este demonio no se le haya ocurrido echarse una vueltecita por aquí. Ya ustedes dirán. 


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