Una mosca parada en la pared…


Viajera que vas, dicen que escribió Luis Alcaraz. La condición migrante es común al ser humano; si no fuera así no estaríamos en donde estamos o seguiríamos en Papua Nueva Guinea y no hubiésemos cruzado el estrecho de Bering. En eso andan los centroamericanos: como todos los migrantes, van en busca de una vida menos oprobiosa.

Con el argumento de que en su estado hay una presencia notable de brotes de dengue, incluso hemorrágico, al grado de que en tiempos recientes se han presentado decesos por ese mal, dos empleados de una tal “Vectores” y vistiendo chalecos verdes con el logotipo del gobierno de Chiapas rociaron a familias enteras, abundantes en menores, de la caravana de migrantes hondureños que pernoctaban sobre cartones en las calles del centro de Huixtla, Chiapas, con una sustancia que llamaron clorpirifos.

Los clorpirifos son la base química de varios insecticidas para combatir las plagas en los jardines, así como los insectos caseros, especialmente los ácaros. Pertenecen a los organotiofosfatos y se presentan bajo diferentes marcas comerciales como Dursban y Lorsban. En México, aparentemente se encuentran en el insecticida Ortho.

Los operarios de estos nebulizadores explicaron que los clorpirifos no son tóxicos; la Secretaría de Salud de Chiapas, aunque reconoció que la fumigación de los migrantes fue incorrecta, respaldó la afirmación de que los clorpirifos no son tóxicos para el humano y que se usan para el control del zancudo. No es del todo cierto. 

La US EPA (Agencia de la protección ambiental de los Estados Unidos) califica a la sustancia en categoría dos, “moderadamente tóxico”, especialmente para los fetos y los niños. Es mortal para ranas, otros anfibios y peces.

El tema no es ese. La salvaje rociada de los hondureños con el insecticida me recuerda los baños obligatorios que daban las autoridades migratorias de los Estados Unidos a los mexicanos que cruzaban la frontera para prevenir el contagio de la fiebre aftosa. Mi papá pasó por ellos y por otras prácticas como ser usado de conejillo de indias en la prueba de las sulfas para ver si eran buenas para dárselas a los gabachos.

Nada más que eso fue hace 70 años. 

De todas maneras, hace 70 años y hace 72 horas, los hechos demuestran una actitud discriminatoria y deshumanizada que ya comienza a manifestarse en México de manera agresiva a propósito de los 7,000 (?) centroamericanos que andan en peregrinaje rumbo al norte. En el festival de cine de Morelia el destacado cineasta mexicano Alfonso Cuarón denunció algo que es bien conocido pero mejor callado: México es un país racista y clasista. Nos sigue dominando el complejo de la piel clara y el desprecio a los huaraches y la pobreza. Lo peor es que inclusive los mismos pobres y prietos mexicanos discriminan a los más prietos y a los más pobres. 

Tal vez debiéramos comenzar por aceptar esta realidad para entender la política de Donald Trump hacia nuestros migrantes.

PILÓN

Siempre he sostenido que, regularmente, si alguien te va a matar no te amenaza; simplemente va y te mata. De la misma manera, los artefactos supuestamente explosivos que en varios sitios de los Estados Unidos fueron enviados por correo a Obama, la señora Clinton, Joe Biden o un restaurante muy “fifí” –eso se usa ahora– en el barrio neoyorquino de Tribeca y del que es dueño el actor Robert de Niro, solamente explotaron en las pantallas de los noticiarios o las páginas de los periódicos. Ya está empezando a salir el peine de que las supuestas bombas no eran más que cartuchos con harina y unos alambritos para simular que eran amenaza mortal. Eso no elimina la posibilidad de que algún loco mande una bomba de a “devis” que mate gente. Lo importante sería saber qué parte de nuestro cuerpo social es dañada por el terrorismo mediático. No son otra cosa los misteriosos envíos de supuestas bombas estos días. Sin explotar, entran a nuestro entorno del conocimiento. 

O del desconocimiento.

felixcortescama@gmail.com

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