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Siete Puntos

Valorar la investigación

Siete Puntos

Valorar la investigación

1. Trabajé como profesor e investigador en la  Universidad Pontificia de México durante los 80’s y 90’s.  Comparto dos reflexiones que me surgen al recordar esa época, y al cavilar sobre las recientes acusaciones de peculado, lavado de dinero, uso ilícito de atribuciones y facultades, y delincuencia organizada -¡órale!- contra 31 académicos del Conacyt, por parte de la FGR. En aquellos años eran dos los problemas que debíamos enfrentar quienes nos dedicábamos al escudriñamiento académico y que, me parece, siguen vigentes.

2. En primer lugar, la malquerencia de los pares. Quien tenía ocho o 10 horas de clase frente a un grupo no podía entender, no quería aceptar, que alguien dedicara un tiempo semejante a la investigación, y que cobrará lo mismo.

La tarea solitaria de recorrer los estantes de la biblioteca en busca del libro perdido -en aquel entonces-, o de navegar en sitios electrónicos tratando de encontrar la referencia necesaria -ahora-, era y es para algunos un tiempo perdido. Hablar a los alumnos, explicarles los contenidos, regañarlos si no atienden, eso sí es trabajo.

3. Pero había otra dificultad, que permanece hasta el día de hoy. La precariedad en recursos que rodea a la tarea investigativa, sobre todo en países como los nuestros.

Va una anécdota. Trabajaba por la noche en mi habitación de la universidad cuando se fue la luz. Por fortuna, mi compu portátil tenía suficiente batería, pero iluminé con dos velas la estancia para poder leer los textos que consultaba. Pasaba por ahí un profesor alemán invitado y, sin ocultar su asombro, dijo que era una escena kafkiana. “Así producimos conocimiento en México”, repliqué.

4. Los dineros que los países poderosos asignan a sus centros de investigación son monumentales, y exponencialmente superiores a los aplicados en México. EUA, por ejemplo, destina a este rubro $476 millones de dólares; Japón casi $200, y ¿en nuestro país?... no llegamos a los $10. Se dirá que tenemos otras necesidades más apremiantes, y que pagarle un salario -tampoco tan elevado- a un señor que se pasa las horas en un laboratorio descifrando si un ratón se deprime cuando no recibe la luz del sol… es un gasto superfluo.

5. Sin embargo, si la humanidad se ha beneficiado de algo es, en especial, de la investigación científica. Las vacunas, que tantas vidas han salvado y continúan haciéndolo, son una muestra de ello.

Si los recursos que se asignan para tales trabajos son desviados para otros intereses, o no se cumplen con los requerimientos acordados en becas, salarios y prestaciones, debe castigarse a quien infrinja la ley. Pero: ¿estamos ante “peculado, lavado de dinero, uso ilícito de atribuciones y facultades, y delincuencia organizada”?

6. Más allá del hecho en sí, pareciera que somos testigos de una nueva estigmatización por parte de Palacio Nacional, ahora contra el trabajo de los investigadores. Mal andamos si venganzas personales desde la FGR o la dirección de Conacyt quieren impactar en algo que debería más bien impulsarse, y no bloquearse.

El país no se transformará si no se alienta el trabajo de quienes escarban en la realidad para mejorarla, optan por la academia y no por un puesto público o la empresa, y ponen al servicio de la humanidad sus capacidades.

7. Cierre ciclónico. Ojalá y en vez de que las autoridades actuaran por venganza, se aplicara la ley contra las empresas factureras que lucran con la pobreza.

Ahí está el caso de don Nacho, discapacitado, desempleado y lavacoches, quien firmó documentos por $300 pesos que lo convirtieron en socio de negocios inexistentes, pero que proporcionan facturas, y con los que alguien ganó contratos por cerca de $5 millones de pesos. Menudo negocio el aprovecharse de los pobres para enriquecerse.


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