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Crónicas de un comelón

Viajar y comer

Crónicas de un comelón

O de cómo entender a los demás mientras comemos.

Sentado en el banco, me tocó ver una cápsula de un restaurante de la Ciudad de México especializado en tacos y otros antojitos, combinando los sabores de nuestra cocina, con sabores de otros lugares.

El ingrediente distintivo, y el que le da el nombre al restaurante es el pato. En la cápsula, el propietario del negocio explicaba cómo el restaurante nació como resultado de viajes, que su intención es hacer que la gente viaje a través de sus tacos y termina diciendo que si aprendemos a comer como en otros países, estaremos más cerca de entendernos como personas.

Esta frase se me quedó grabada. Ya alguna vez había escrito sobre lo que podemos considerar comida rara y sobre cómo muchas veces, ni siquiera nos damos la oportunidad de probar. Al verlo diferente a lo que estamos acostumbrados a comer, lo rechazamos con un categórico: “Guácala”.

Es más, ni siquiera tenemos que irnos lejos, en nuestra misma ciudad, seguramente hay más de un platillo al que le decimos “guácala”. No sé si ya les había dicho que esa palabra es, quizá la única que les suelo decir a mis alumnos que, si la escucho, reprueban. No es que uno sea agresivo, ni mucho menos. Seguro muchos han visto en la televisión jueces de programas de cocina que lo son. Es más, seguro les gustan esos programas.

Pero ¿alguna vez nos hemos detenido a pensar en lo que representa decir “guácala” a la comida?, ¿nos hemos puesto a pensar que alguien dedicó mucho o poco de su tiempo y sus recursos a preparar el platillo que rechazamos?, ¿que quizás lo prepararon con la intención de agasajar al comensal?

Hace tiempo, Pim Techamuanvivit, galardonada chef tailandesa tuiteó: “En tailandés, cuando comemos algo que no es de nuestro gusto no decimos ‘no me gusta’ o ‘está malo’. Decimos: ‘No sé cómo comer esto’”.

La gran diferencia, dice la chef, es que la versión tailandesa no aplica un juicio a las cosas diferentes y deja la puerta abierta a que aprendamos a apreciarlo. De niños, no todos los sabores nos resultan agradables, como el amargor.

Seguramente todos hemos visto en persona o en video a bebés probando limones y las caras que hacen. Ya de grandes, aprendemos a tomar café y cerveza, a comer toronjas y a echarle chile a la comida. Podríamos aprender a comer casi todo, si quisiéramos.

Cuando viajamos, solemos tener apertura para probar cosas distintas, esta mentalidad nos permite conocer más sobre los lugares que visitamos. A menos que andemos cazando los arcos dorados a donde vayamos. Claro que no necesariamente nos sabe igual la comida en la playa que en la ciudad, pero la mentalidad la podemos aplicar hasta al dulce de frijol de General Treviño, aquí cerca. Todos sabemos que la comida nos une, pero esto va más allá de sentarnos a comer juntos.

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