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Opinión

Vuelco sucesorio

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Vuelco sucesorio

Después del carro completo y de recuperar municipios estratégicos de La Laguna y la frontera en las dos últimas elecciones, el PRI daba por sentado que retendría el poder hasta 2029, con lo cual cumpliría un siglo de ostentarlo. El periodo lo inició Nazario Ortiz Garza cuando derrotó al general, político y periodista Vito Alessio Robles, propuesto por el Partido Nacional Antirreeleccionista. El fraude para imponer a Pascual Ortiz Rubio en la presidencia se reprodujo en Coahuila. José Vasconcelos, el "Apóstol de la educación", fue su contrincante. El PRI gobernó 71 años sin interrupciones. En Coahuila llegará a 94 cuando termine la administración de Miguel Riquelme.

La confianza del PRI de volver a ganar la gubernatura en 2023 era fundada. Repetiría la fórmula de las tres últimas sucesiones, consistente en nominar a un candidato previamente seleccionado (Manolo Jiménez) por su afinidad con el proyecto; convertir su nombre en marca y fijarlo en el imaginario colectivo como "sucesor indiscutible"; cerrar el juego a otros aspirantes; manejar la agenda mediática; darle libertad de acción y poner a su servicio el aparato del estado y la estructura electoral.

La estrategia incluye desgastar a las oposiciones y presentarlas débiles, divididas (lo están) y sin posibilidades de triunfar. Luego de haber estado a un paso hacerse con la gubernatura en 2017, el PAN se desfondó en las elecciones legislativas intermedias y de alcaldes de 2021. Hoy es la tercera fuerza política en el estado. Morena subió al segundo lugar al rebasar el umbral de los 400,000 votos, pero adolece de protagonismo y no tiene liderazgos claros. El "superdelegado" Reyes Flores devino caricatura y el senador Armando Guadiana ni siquiera pudo ganar la presidencia de Saltillo.

Reyes y Guadiana ya habían dejado de representar un peligro para el PRI. Además, el gobierno le tiene tomada la medida al voluble y temperamental exdiputado Luis Fernando Salazar. Hace cuatro años, ofuscado por la ambición, quiso arrebatarle la candidatura a Guillermo Anaya —después de haber sido su operador político— y al no obtenerla acusó de "traidor" al líder del PAN, Ricardo Anaya. El enfrentamiento confundió a la ciudadanía, restó votos valiosos e impidió poner fin a la hegemonía priista. Salazar sería un rival cómodo para Jiménez, pues con él podría negociar en una elección competida.

Para evitar desbandadas y tentaciones futuristas, Riquelme incorporó a su gabinete a los aspirantes a sucederle más visibles. Fernando de las Fuentes y Enrique Martínez, quienes aprobaron el moreirazo cuando eran diputados locales, ocupan las secretarías de Gobierno y de la Vivienda. El exalcalde de Piedras Negras, Claudio Bres, dejó las filas de Morena para asumir la Secretaría de Economía. Todos aceptaron la unción de Jiménez sin chistar; unos, con la promesa de formar parte de su eventual gobierno; y otros, con el ofrecimiento de ser postulados para futuras elecciones de senadores, diputados y presidentes municipales.

El plan había salido a pedir de boca hasta que el diputado federal Jericó Abramo rompió filas. «Quiero ser gobernador», declaró a los cuatro vientos. La prensa se hizo eco –un sector para animarlo y otro para denostarlo–. Las redes sociales propagaron el mensaje del exalcalde de Saltillo contra "la cúpula", a la cual acusó de vetarlo para imponer la candidatura de Jiménez. Ahí fue Troya. Las amenazas de Jericó de postularse por otro partido fueron ignoradas al principio. El PRI podía resistir la defección sin exponer a su candidato a ser vencido en las urnas... pero de pronto la sucesión dio un vuelco. Empezó la desbandada.

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