Yo te daré, te daré niña hermosa…


Puesto que el tema no ha dejado de tener actualidad, reproduzco aquí lo que escribí recientemente con este mismo título.

Desde siempre, la filantropía ha sido objeto de sospechas. Nadie da nada sin recibir algo a cambio, es en lo que nos han educado a partir del Renacimiento que era final y literariamente un esfuerzo por regresar a los valores éticos y estéticos de la Grecia y la Roma clásicas. El resultado ya lo vimos. Algún interés hay detrás de cada mano dadivosa.

El mosaico mural del bello Teatro de los Insurgentes, en la Ciudad de México, en su frontispicio nos presenta la imagen clásica ya de Mario Moreno al centro, mientras de un lado están los ricos y del otro los jodidos que reciben, Cantinflas de por medio, los bienes que aquellos quieren darles. Hay muchos testimonios en contra de esta imagen que, por cierto, le cultivó a Mario miles de votos en varias elecciones presidenciales cuando no existía la figura de los independientes.

La historia de nuestro país tiene muchos ejemplos de generosidad desinteresada que animaron el acto de deshacerse de bienes abundantes en beneficio de quienes carecían de ellos. En muchos casos que conozco, los protagonistas de esta legítima filantropía no quisieron que sus actos fueran dados a conocer.

Otros, como don Eugenio Garza Sada, hombre emblemático del pragmatismo que dio fundamento a mi ciudad de Monterrey, trasladó su generosidad al aprovechamiento utilitario de los recursos humanos. Inventó una de las más importantes instituciones de instrucción superior en el continente que se llama Instituto Tecnnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. La idea parece hoy muy sencilla: las empresas de don Eugenio, vinculadas a la fabricación de máquinas, producción de cerveza, botellas, cajas y otras relacionadas, animaban a los jóvenes de talento amplio y recursos escasos a ganar becas para asegurar que al final de sus estudios puestos prominentes en las empresas de Garza Sada, quien fuera trágicamente asesinado en un intento de secuestro el 17 de septiembre por supuestos miembros de una liga guerrillera.

Uno de los herederos de esa estirpe, Mauricio Fernández Garza, ha tenido en Nuevo León el buen gusto, la decisión y el dinero para armar, durante más de 40 años, un capital de obras de arte que agrupa en lo que él llama La Milarca. Es, como todos los museos que arman los ricos, una colección de piezas a su gusto personal, alcance económico y prospección mediática pero sin congruencia museográfica o cultural en amplio sentido. Contiene techumbres árabes originales, siete arcos góticos y el primer autorretrato de Frida Kahlo.

De todas maneras, el esfuerzo de proyección personal de Mauricio es digno de reconocimiento. Gracias a su patrocinio, el notable oaxaqueño Francisco Toledo diseñó una fuente de reptiles y batracios en el origen del artificial curso del canal de Santa Lucía, que sigue siendo una de las atracciones turísticas mayores de la capital de Nuevo León. Fuente, por cierto, hoy abandonada.

El asunto es que, en un litigio por la propiedad de valiosos terrenos en el municipio de San Pedro, del que Mauricio fue tres veces alcalde, el magnate decidió donar su patrimonio artístico tan valioso, para hacer una variedad de museos en zonas emblemáticas. Con la condición de que su concubina fuese cabeza del fideicomiso que administra tal patrimonio.

Dicen que cuando a los asuntos del atole de la cultura le caen los mocos de la política, todo se echa a perder. Eso es lo que está pasando ahora en San Pedro. El nuevo alcalde del municipio no quiere dejar que Mauricio y su mujer se hagan de fama y está cuestionando todo el proyecto que hoy se encuentra totalmente atorado.

Se puede dar marcha atrás, retirar las piezas de arte a la bodega de su dueño y los terrenos al destino que el nuevo alcalde decida.

Claro, a nadie le interesan los potenciales admiradores de esta riqueza.

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