Opinión

Elecciones Coahuila: Ricardo, 'El Trabuco' Mejía

Elecciones Coahuila: Ricardo, 'El Trabuco' Mejía

Han transcurrido 10 días desde el inicio de las precampañas en Coahuila. El tiempo parecería suficiente para haber disipado la polvareda levantada por la defección del exsubsecretario de Seguridad Pública, Ricardo Mejía Berdeja, de las filas morenistas. Pero no ha sido así.

Mejía, a quien todo mundo augura un estrepitoso fracaso en la jornada electoral del próximo 4 de junio, sigue en boca de todos. Nadie analiza su discurso, ni contrasta sus dichos contra la evidencia existente, ni encuentra en su incursión en la contienda coahuilense algo positivo… pero cotidianamente se le dedican amplios espacios en medios, casi todos para destacar algún aspecto criticable de su actividad cotidiana.
He preguntado en diversas mesas donde tengo la oportunidad de intercambiar ideas la razón por la cual es necesario ocuparse tanto de alguien a quien nadie le otorga mayores posibilidades, ya no digamos de conquistar la gubernatura, sino incluso de superar el umbral del 3% de los votos, necesario para garantizarle prerrogativas locales al PT –partido en el cual encontró cobijo– y acaso un asiento en el Congreso local.

Las respuestas son muy variadas. Resulta difícil encontrar en ellas un hilo conductor capaz de dotar de alguna lógica los argumentos.

De un lado están quienes consideran suficiente la “ausencia” de Mejía Berdeja por casi dos décadas de suelo coahuilense para descalificarle como aspirante al gobierno, pues consideran “inadmisible” el haber hecho carrera política en otras latitudes.

En otra esquina se ubican quienes identifican en el hoy exfuncionario federal a un individuo capaz de “contaminar” el proceso con una excesiva rispidez, con una “indeseable” beligerancia… como si las campañas electorales no se trataran de eso: de la confrontación vigorosa entre los defensores de posiciones mutuamente excluyentes.

Otros más adjudican a Mejía nexos con inconfesables intereses –de carácter delincuencial, se atreven a afirmar algunos– capaces de hacer cualquier cosa para perturbar la paz y la tranquilidad reinantes en el territorio de Coahuila y en esta circunstancia –de la cual nadie aporta evidencia– encuentran la justificación para su antagónica posición.

Personalmente no soy partidario de Ricardo Mejía, como no lo soy de ningún otro político de ninguna adscripción partidista. No es este texto un intento por demostrar el error en el cual se encuentran quienes parecieran tener como única misión en la vida destruirle. Trato más bien llamar la atención respecto de cómo, para ser un político a quien nadie dice temer, Mejía se encuentra en el centro de casi cualquier conversación actual en Coahuila.

Es por demás llamativo escuchar a los detractores del hoy petista –para quien no se escatiman apodos– señalarlo como un candidato débil y alguien a quien sus adversarios derrotarán sin mayores dificultades, pero a quien sería preferible no observar durante la campaña.

Más llamativo aún es escuchar a esas mismas voces “reprochar” a Mejía el haber abandonado el barco morenista coahuilense y con ello “dividir” a la oposición, reduciendo sus expectativas de triunfo, como si su deseo fuera atestiguar la alternancia en el gobierno del estado.

Resulta muy difícil conciliar un argumento y el otro, pues la libertad de participación en los procesos eleccionarios es una regla esencial de la democracia. Todo mundo debería defender su libertad personal de participar… y pronunciarse a favor de la de los demás. Por otro lado, si un adversario se percibe claramente débil, ¿no debería mejor alentarse su participación a fin de dejar claro el asunto con el veredicto de las urnas?

Tengo, a contracorriente del argumento esgrimido por los detractores de Mejía, una teoría discordante: los rivales de quien ahora se hace llamar “El Tigre” no saben cómo enfrentarlo, cómo sacarle la vuelta a los punzantes señalamientos realizados por este en su contra y, sobre todo, no saben cómo reaccionar frente a sus embates sin contribuir a su crecimiento electoral.
Es, para decirlo en buen castizo, un “trabuco”.
@sibaja3


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