Opinión

Escribir

“Entonces, ¿cómo decirlo? ¿Cómo no amar?”

Así termina una de las líneas en el apartado Roma del libro titulado Escribir (Tusquets) en el que Marguerite Duras descarga toda su furia y sentimiento para explicar la intensidad que la arropa cuando escribe.

Duras, hija de franceses, nació Saigón, cuando la región formaba parte de la Indochina francesa en 1914. Fue hasta los 18 años que emigró a Francia. Su formación como escritora inició desde los años 40. Además de numerosas novelas y textos dramáticos, también escribió guiones cinematográficos, uno de los más reconocidos fue Hiroshima mon amour, nominado a los premios Óscar en 1961.

“Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado”, dice la autora para recalcar lo que ella menciona como el único principio de Raymond Queneau: “Escribe, no hagas nada más”.

Virginia Woolf hablaba de una habitación propia, un espacio para el refugio de la creatividad. Para Duras es la casa entera, es la guarida total, es la inmensidad de la zona que en su amplitud refleja las mismas dimensiones de la soledad, “por fin tenía una casa donde esconderme para escribir libros”.

Escribir no solo es un acto para reconocer el silencio o el poder de las palabras. Para Duras, significó no hablar, “Es callarse. Es aullar sin ruido”. No se puede hablar cuando se escribe, cuando se escuchan las historias hasta en el mínimo sonido que nos rodea. Hay que escuchar.

Es así como, párrafo tras párrafo va recorriendo el proceso de la escritura, la vida que la rodea, para luego señalar el lugar que los libros tienen en su vida, el libro más que un objeto, depositario, como un hijo que se gesta en esa casa y de la cual sale finiquitando la escritura, porque cuando ya está acabado y distribuido, en un libro “ya no sucede nada más”.

“Estar sola con el libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad… Es estar sola en un refugio durante la guerra”, Duras derrama en las páginas de este diario-ensayo ese deseo de la escritura interminable, como si fuese un ser en estado de gestación apartado de las inconveniencias que da la vida cuando ya se nace.

Un estado con todas sus etapas de crecimiento. Escribir es reconocer que las palabras se vuelven elásticas, va extendiéndose a la medida de nuestro aislamiento o nuestros propios destierros.

Luego en las siguientes partes del libro, interviene una dinámica entre pasajes de la historia, la exposición de la pintura como otra expresión de la palabra y expone su percepción de la pureza.

“Escribir” es una obra que nos permite hacer una pausa para recapacitar lo que escribimos y cómo lo pensamos, pero también aquello que leemos.

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