Opinión

Está cerca el Reino de Dios

Está cerca el Reino de Dios

Definitivamente el tiempo de adviento es un tiempo cargado de esperanza. Escuchamos en la Sagrada Escritura la constante invitación de Dios a ver con un sentido de confianza en Él hacia adelante. Isaías anuncia que habrá un cambio en la vida porque brotará un renuevo del tronco de Jesé; el Reino de Dios era la más alta aspiración y esperanza del Antiguo Testamento: El Mesías debía reinar como único soberano y todo quedaría sometido a sus pies. El hermoso pasaje de Isaías ilustra con acierto las características de este nuevo reino mesiánico: “brotará un renuevo del tronco de Jesé... sobre él se posará el espíritu... habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito. Habrá justicia y fidelidad”. Pablo propone a los romanos vivir con el espíritu de Jesús, “sólo con Jesús tendremos un solo corazón, una sola voz para alabar a Dios”. El Evangelio nos ilustra con la figura de los fariseos y saduceos y la vez con la persona de Juan el Bautista, la necesidad de la conversión, “está cerca el Reino de Dios”, ante la inminencia de la llegada del Reino de los cielos se impone la conversión. Juan Bautista predica en el desierto un bautismo de conversión. Se trata de un cambio profundo en la mente y en las obras, un cambio total y radical que toca las fibras más profundas de la persona.

La conversión del corazón pasa por la concordia, la sintonía de corazones. Ante las divisiones que se daban ya en tiempo de Pablo en las primeras comunidades, el apóstol presenta el ejemplo de Jesús: se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios y acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. La concordia, la unión de corazones, estar de acuerdo entre nosotros, es lo propio del cristiano. Este es el modo de apresurar la venida del Reino de Dios: la entrega sincera de sí mismo a los demás. El cristiano, por medio de su bautismo, ha sido injertado en la muerte y resurrección de Cristo y vive una nueva vida: la vida que es donación, que es servicio para los hermanos en la fe y acoge a los hombres para llevarlos a la verdad del Evangelio.

En muchas ocasiones la experiencia del propio pecado o del pecado ajeno nos puede postrar y crear un estado de desilusión o desespero. La llegada del Reino de los Cielos en Cristo Jesús nos invita a lo contrario: Que la mirada esté puesta en el futuro con esperanza. El Padre misericordioso no tiene en cuenta los pecados de los que nos hemos arrepentido verdaderamente. Él realiza ahora algo nuevo y, en el amor que perdona, anticipa los cielos nuevos y la tierra nueva. Que se robustezca, pues, la fe, se acreciente la esperanza y se haga cada vez más activa la caridad, para un renovado compromiso cristiano en el mundo del nuevo milenio. No nos dejemos llevar por el mal, más bien venzamos al mal con el bien. No perdamos el ánimo ante los pecados del mundo, más bien escuchemos la voz de Jesús que nos invita a tomar parte en la redención del mundo con nuestro propio sacrificio.

La conversión es un ejercicio y un camino que nunca termina. Es un hecho que en nuestro caminar hacia Dios descubrimos muchas faltas y deficiencias personales. A pesar de nuestros anhelos de santidad y bondad, tenemos que hacer las cuentas con nuestra propia debilidad. Por eso, es más saludable que la doctrina de la conversión permanente. En realidad, cada día, cada momento de nuestra vida es una nueva oportunidad para convertir el corazón, para “purificar la memoria”, para elevar la mente y el corazón a Dios y pedirle: “Señor, perdóname”. Este pequeño y gigantesco acto de fe nos dispone a recibir el Reino de los cielos, más aún, construye el Reino de los cielos de acuerdo con los planes de Dios. Vivamos pues ante la mirada de Dios sabiendo que Él viene, no tardará y nos juzgará por nuestras obras, y no sólo por nuestras intenciones, como meditamos en el Evangelio, que resuene en nuestro corazón durante este periodo de adviento esa súplica de esperanza: “está cerca el Reino de Dios”.


×