Opinión

¿Estado y gobierno también desaparecidos?

¿Estado y gobierno también desaparecidos?

“El aprendizaje sin pensamiento es labor perdida”, expresión atribuida a Confucio, me invita a parafrasearla al advertir que no sumar dudas ni interrogantes en el trayecto de la vida, equivale también a desperdiciar tiempo.
Traigo así al presente algunos de los dilemas que hace un par de años me surgieron en el Diplomado de Acompañamiento a Víctimas de Violencias y Catástrofes, impartido por la Universidad Iberoamericana.

¿Si en la diversidad de los sistemas políticos el ejercicio de la dominación fuera solamente uno, común a todos y basado en el eterno y único juego de los pocos con el hambre y el miedo de los muchos?

De derecha, centro o izquierda, todo sistema político integra a un grupo que ejerce poder sobre una colectividad que, atomizada y de rostro anónimo, acepta por convicción, conveniencia, imposición o indiferencia ser sometida.
Si las sociedades no se rigen por la ilusión de la guía de las mayorías, sino por la realidad de quienes tienen el poder para someterlas, ya sea con la manipulación de esperanzas y necesidades, o con la amenaza o la fuerza, las normas de su regímenes, en esencia, son iguales en cualquier punto en el que esté ubicada su ideología. El fin es el mismo dentro de formas distintas.

Entonces, si la explotación de los muchos que tienen hambre y miedo hecha por los pocos que integran el sistema político es regla, no excepción, la política referente a los derechos humanos como mero elemento discursivo sería esencialmente una misma, pudiendo oscilar desde el discurso pacifista de un gobierno que dice no violarlos, pero que excluye el uso legítimo de la fuerza del Estado para evitar que poderes ilegítimos los vulneren, hasta la justificación de los regímenes que los atropellan argumentando salvaguardar las garantías de otros.

Pero, ¿si debiera precisar quién es el culpable de un mundo de conveniencias para algunos y de dolor para muchos? Aunque cierro los ojos para evadir lo que de esta esfera me lastima, reconozco que aun en la obscuridad sigo siendo parte de un sistema incapaz de contener el fétido olor que emana de sus muertos sin localizar. Me debato entonces entre admitir que el mundo es el causante de lo pútrido que invade mi ser, o si mi callada aceptación de lo dado me convierte en fuente de esa podredumbre.

¿Y si comenzara a sentir decepción por el Estado, ayer represor y hoy reprimido por grupos armados que con nombres distintos convergen en lo que apunta ya como una guerra de guerrillas, que sustituyen progresivamente a quien debería tener el monopolio del uso de la fuerza? Quizá lo que sucede es que no entiendo que la lucha electoral es más importante que la del imperio de la ley y que malhechores, con o sin puesto gubernamental, coinciden en el supremo objetivo de tener el poder en sus respectivos campos de acción, ambas partes lejanas de consideraciones sobre el bienestar humano.

Estos cuestionamientos me conducen, entre otras cosas, a recordar la solidaridad que requieren las víctimas de la crisis de violencia, que sin indicios de terminar cobra vidas y tranquilidades, mientras el sistema de siempre continúa indiferente, igual que sus predecesores, ocupado fundamentalmente en ejercer sus mecanismos de manipulación para conservarse seguro dentro de su esfera política, sin pensar que la insatisfacción de las necesidades no desaparece a estas y que, tarde o temprano, podrán ser cubiertas por otros poderes no legitimados en las urnas.

A la primera semana del año sumaban casi 110,000 las personas desaparecidas y no localizadas a nivel nacional, de acuerdo con información de la Comisión Nacional de Búsqueda, con corte al 7 de enero.

Si se admite como cierto lo que señala la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en su publicación Consideraciones para la Investigación y Documentación de la Tortura en México (2007), donde consigna que “Desde la perspectiva del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, los Estados tienen la obligación de respetar y garantizar la integridad y seguridad física de las personas”, es evidente que desde hace tiempo el Estado mexicano no cumple con su deber.

¿Y si me atreviera nuevamente a parafrasear la expresión adjudicada a Confucio, concluyendo que un gobierno ausente de valor, compromiso y sentido humano para cumplir las funciones del Estado en materias como las de seguridad y justicia, es uno más perdido?

riverayasociados@hotmail.com


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