Opinión

Pionero de la transparencia

Pionero de la transparencia

Las excusas siempre abundan cuando no se quiere avanzar en el sentido del progreso, pero cuando tienes la determinación, puedes avanzar más rápido hacia el objetivo.

La semana pasada trascendió Javier Livas Cantú y con él se fueron muchos logros del activismo cívico. Hizo mucho por impulsar temas que apoyaron la democracia y la reducción de la corrupción en la vida pública, en la cual él participaba desde el lado más complejo, el lado externo del gobierno.

Su espíritu democrático era muy intenso, tanto que con frecuencia había personas de piel delgada que se ofendían por su estilo directo y no muy diplomático. Poco le importaba a él que alguien se opusiera a sus causas por considerarlo grosería y, en cambio, insistía y logró unir a muchos seguidores de sus tesis.

Algunos de sus detractores decían que no tenía ideología y que oscilaba entre las corrientes de derecha e izquierda, porque lo mismo apoyó a Vicente Fox que a López Obrador. Pero los hechos demuestran que lo que defendía eran los logros de los liderazgos que impulsaban la democracia o eran impulsados por ella, consolidando un singular modo de luchar.

En algunas temporadas de su vida coincidimos en la lucha por el respeto al voto, en campañas político electorales y en proyectos cívicos que, casi siempre, él empujaba determinada y enérgicamente.

Cuando en el año 2000 inicié mi encargo como alcalde de Monterrey, Javier me buscó, pidió una cita y llegó con esa actitud un tanto irreverente que le caracterizaba siempre que se trataba de una autoridad. Su forma de expresarse no era la de un compañero de lucha, sino de un luchador frontal demandante.

Esa era la razón por la que algunos le llamaban loco y otros decían que estaba peleado con el mundo, pues la cortesía y diplomacia no eran su forma de entrar en una conversación. Me dijo entonces que observaba que yo estaba frente a una oportunidad de hacer algo por lo que ambos habíamos luchado por años: la transparencia en la administración pública.

Años antes, él apoyó un plantón que hice en ese mismo Palacio Municipal para exigir la publicación de la nómina del ayuntamiento, que era secreta y se prestaba a dobles salarios y compensaciones indebidas, así como al pago de los tradicionales “aviadores”, llamados así porque sólo aterrizaban en el municipio cuando de cobrar se trataba.
Ahora yo estaba del otro lado de la mesa y tenía que demostrar que, lo que exigía a otros, debería estar dispuesto a conceder. Era el tiempo de publicar los documentos del gobierno municipal sin cortapisas.

Livas me propuso algo tan simple como disruptivo. Había que publicarlo todo. Su propuesta, claro, me pareció agresiva, pero venía acompañada de reglas muy simples:
1.- Todos los documentos públicos serían públicos realmente; es decir, siempre que alguien pida un documento propiedad del gobierno municipal, esa petición sería obsequiada con la entrega del mismo.

2.- Crear un comité honorario que revise que los funcionarios cumplan y no se hicieran locos con las peticiones.

¿Eso es todo? le pregunté. Eso es todo, contestó.

Me pareció muy ingenuo al inicio. Le dije que había que elaborar el reglamento y levantó la voz diciendo que eso era una tontería, que la mayor parte de las buenas iniciativas se iban a la basura cuando se ponían reglas complejas, que tenía que ser valiente y que de manera orgánica permitiera que todo fuera público.

Aparecieron dos objeciones que se resolvieron rápido, con la misma actitud displicente y retadora con la que se desenvolvía, soltó las afirmaciones categóricas: No hay que condicionar nada.

El costo, le dije yo. Que el que pida la información lo pague, contestó. Si es una copia, que pague el costo de la copia, si es algo que quepa en un disco compacto, entonces que lo traiga el interesado.

La información sobre procesos jurídicos inacabados le daría la ventaja a la contraparte del municipio porque tendría acceso a información privilegiada, dije yo. Pues que sea la única excepción, me contestó.

Así nació la primera iniciativa de transparencia que se convirtió en la más sencilla y barata forma de mostrar la información pública. Se integró un comité como él propuso y Javier fue el presidente, acompañado de Alfredo Corella y Gerardo Montes. Nunca cobraron ni un centavo por sus servicios al gobierno municipal.

Ahora las cosas son distintas, los comités de transparencia existen por mandato de ley y cuestan millones a todas las instancias de gobierno. Enredan las cosas para que al final no se encuentre la información o sea clasificada como “reservada” para que nadie la vea.

Javier Livas fue el gran pionero de la transparencia. Descanse en paz.


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