Opinión

Rubén Blades en su salsa

Rubén Blades en su salsa

Yo tuve un bar llamado Mandela, y era de música salsa. Hasta su escenario y su pista de baile llegó a cantar Ruben Blades, el poeta de la salsa, como se le conoce en el mundo de la música afroantillana.
Baldés llegó a ser amigo mío, aunque ya le perdí la pista. Un hombre echo a sí mismo, un self-made al derecho y al revés.

Nació en junio de 1948 y proviene de una familia sin estudios, no disfuncional, pero iletrada. El padre, de origen colombiano y avecindado en Panamá, nunca pisó la escuela primaria. Supo, no obstante, inculcarles ciertos valores de sacrificio a los hijos. Y lo hizo con la música por delante: era percusionista y, al mismo tiempo, agente de la policía que ganaba un sueldo irrisorio de $75 dólares al mes.

Hay quien dice que incluso fue espía, en una sociedad sojuzgada por EUA, con el pretexto de controlar las esclusas de Miraflores del Canal de Panamá. La madre, oriunda de Cuba, tampoco tenía estudios terminados de primaria, pero cantaba las baladas como los ángeles. Una virtuosa de la entonación, lírica y sensible y pianista bien dotada, aunque en su casa nunca tuvo piano porque no cabía: era tan pequeño el domicilio familiar que había que optar entre meter completa a la familia Blades, o destinar un espacio a cualquier instrumento musical.

Ruben se las ingenió para recibirse profesionalmente como abogado. Desde niño fue empeñoso y autosuficiente. Como si fuera el padre de sí mismo. No le debió sus éxitos a nadie.

De adolescente comenzó a labrarse una conciencia social que después destilaría en muchas de sus composiciones musicales como Tiburón o El Padre Antonio y el Monaguillo Andrés.

Sin ser un hombre propiamente de izquierda, reflejó en sus versos las injusticias sociales de su pueblo y se mantuvo en guardia en contra de la derecha de su país y luego de su segunda nacionalidad, la estadounidense.
Se fue de Panamá a EUA, en 1974, a los 25 años recién cumplidos; él dice que porque no podía ejercer derecho en una dictadura como la panameña, aunque quizá fue más bien una motivación aspiracional.
A Blades, su país le quedaba chico para sus ambiciones profesionales y, entre tanto, la música la llevaba por dentro, bien enquistada.

Comenzó en Miami y luego recaló en Nueva York como empleado de correo de la discográfica Fania All-Stars ganando $25 dólares a la semana, con la única función de arrastrar una carretilla de cartas para repartirlas entre los directivos de Fania. No le sirvió para nada el título de abogado. Fue como reiniciar la vida profesional otra vez de cero.

La suerte le sonrió cuando Ray Barretto, uno de los grandes percusionistas y exponentes de jazz latino, muerto en 2006, lo invitó a formar parte de una banda de primer orden que recién integraba.

Ofreció a Blades el rol de cantante solista después de una audición que dejó impresionado a Barreto. De ahí al Madison Square Garden, fue sólo un paso. Luego en poco tiempo se asoció con la orquesta del legendario.trombonista Willie Colon, formando una pareja dispareja que resultó un éxito de público y crítica, y que fue el principio de una relación turbulenta, de demandas judiciales entre ellos y denuncias mutuas en medios masivos. Pero queda en la memoria colectiva una obra maestra discográfica titulada Siembra (1978). Desde entonces ha compuesto más de 20 discos, casi todos clásicos modernos de la salsa ya con su propia banda: Son del Solar.

En Blades, los malos augurios de una de su obra cumbre, Maestra Vida, no se cumplirán, en el sentido de que sabe sortear el supuesto fatalismo que impone el sello de nacimiento y aún más claro: que demuestra con su perseverancia de sabio musical que el dicho de que cuna es destino, no es más que una falacia fácilmente desmontable con los hechos y acciones personales.  


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