Opinión

Sheinbaum, Ebrard, Adán Augusto y el gesticulador

Sheinbaum, Ebrard, Adán Augusto y el gesticulador

Antes de aspirar a la candidatura presidencial por Morena, lo primero que deberían hacer Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Adán Augusto y las demás corcholatas es leer El gesticulador.

El gesticulador es la obra de teatro legendaria de Rodolfo Usigli.

De este drama político, conviene citar la frase del protagonista César Rubio: “En México todo es política... la política es el clima, el aire”.

Rubio quiere ser gobernador de Nuevo León bajo las condiciones de mandarse solo, sin tener jefes arriba suyo.

Es cierto que a Rubio lo arropan viejos militantes del PRI (que en la obra se disfraza como Partido Revolucionario de la Nación), pero busca una forma personal de hacer las cosas –aunque usurpe la identidad de un héroe desaparecido– opuesta a la línea oficial.

De hecho su idea es acabar con los “impostores, simuladores; asesinos disfrazados de héroes; ladrones disfrazados de diputados, ministros disfrazados de sabios, caciques disfrazados de demócratas, charlatanes disfrazados de licenciados, demagogos disfrazados de hombres. ¿Quién les pide cuentas? Todos son unos gesticuladores hipócritas”.

Se trata del discurso perfecto para todo candidato bien intencionado (de que los hay los hay).

Si valoramos lo que quiere decir candidato bien intencionado podemos mencionar a uno de los primeros en la historia: el agricultor romano Cincinato.

Este outsider, ajeno al sistema político de Roma, dejó su arado en las riberas del Tíber, salvó a la república y regresó después tan campante a cultivar sus tierras de labranza.

Muchos “no políticos” han seguido el surco de Cincinato y han llegado a importantes cargos públicos dándoselas de enemigos del sistema.

Pero no siempre es creíble fingir que el outsider está por encima de los poderes establecidos, o que el sistema no acabará devorándolo.

Precisamente porque César Rubio de El gesticulador se ostenta como candidato outsider, es como ejerce lo que ningún profesional de la política: “impedir que gobiernen los ladrones y los asesinos”.

Y luego enfrenta al político tradicional: “Tengo en un solo día más ideas de gobierno que tú en toda tu vida. Tú y los tuyos están probados y no sirven... están podridos; no sirven para nada más que para fomentar la vergüenza y la hipocresía de México. No creas que me das miedo”.

Nunca sabremos si las palabras del ciudadano César Rubio, el “gesticulador”, eran genuinas o pura demagogia porque en la obra lo asesinan al momento de presentarse como candidato.

Pero a su esposa Elena le confiesa en privado que se ha quedado con dinero que no es suyo.

Lo peor es que no tiene remordimientos: “Otros hombres han cometido crímenes... sobre todo en México. No robé a ningún pobre, no he arruinado a nadie”.

Por eso muchos críticos han creído descubrir en Usigli un asco casi instintivo por la mentira.

Es lo que le reprocha Miguel, el hijo de César Rubio, a su padre: “Quiero vivir la verdad porque estoy harto de las apariencias”.

Sin embargo, Usigli se pregunta: ¿Qué es la verdad? ¿Cuántas mentiras tenemos que aceptar?

Que lo sepa Sheinbaum, Ebrard y los demás: cuando en México no todo sea política, y la política deje de ser el clima y el único aire que respiramos, acabaremos con el afán de buscar redentores, así se llamen Claudia, Marcelo o Adán Augusto.

Que nadie venga a pretender resolver nos nuestros problemas como país, porque es tarea cotidiana de todos, sin excepción.


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