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Opinión

2023, el año de la derrota del machismo

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Apenas despuntaba el año –era el lunes 2 de enero– cuando llegó la primera noticia relevante de un periodo al cual podemos calificar como “el año” de las mujeres mexicanas: la ministra Norma Lucía Piña Hernández fue electa presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La primera en la historia del máximo órgano jurisdiccional del país.

Pocas semanas después, Guadalupe Taddei Zavala se convirtió en la primera mujer designada para encabezar al Instituto Nacional Electoral; es decir, para comandar la estructura responsable de organizar las elecciones del país, entre ellas la presidencial.

Un poco más adelante, y ante la defección del partido Movimiento Ciudadano en el proceso electoral del Estado de México, quedó claro cómo, por primera ocasión en su historia, la entidad más poblada del país sería gobernada por una mujer a partir del próximo día 15 de septiembre.

En este rubro, por cierto –una contienda estatal poblada sólo por mujeres– ya habíamos tenido un antecedente relevante: en la disputa por la gubernatura de Aguascalientes, en 2022, se registraron cinco candidaturas, todas femeninas.

La semana anterior, la Suprema Corte de Justicia de la Nación borró del Código Penal Federal el delito de aborto, poniendo así punto final a una larga lucha feminista relativa a sus derechos reproductivos y la capacidad de elegir.

Y la misma semana pasada también, tras la conclusión del proceso interno de Morena, quedó firme el principal suceso de este recuento a vuela pluma: el primer día de octubre de 2024 asistiremos a la toma de protesta de nuestra primera presidenta en más de dos siglos de vida independiente.

Es, a no dudarlo, un año redondo para las mujeres mexicanas a quienes ha interesado incursionar en la vida pública. Los sucesos de este 2023 prefiguran una instantánea para la historia el 1 de octubre del próximo año: una fotografía en la cual, a la cabeza de los tres poderes de la Unión, esté una mujer.

No es poca cosa si consideramos un dato puntual: apenas en 2001 se introdujo por primera vez en la legislación electoral mexicana –la de Coahuila, por cierto– el concepto “equidad de género”. Aquella primera aproximación a la paridad actual, sin embargo, sólo tenía la intención de garantizar el acceso de las mujeres a las candidaturas partidistas y, si acaso, asegurarles algunas bancas en el Congreso del estado por la vía “plurinominal”.

Apenas dos décadas después el panorama –en lo relativo al apartado de los cargos públicos y, entre estos, los de elección popular, conviene precisar– es radicalmente distinto. Y con el ascenso de la primera mujer a la titularidad del Poder Ejecutivo federal, sin duda se cierra un ciclo y se zanja la discusión alrededor del falso debate sobre si “estamos preparados” para ser gobernados por una mujer.

Este cierre de ciclo implica, al menos en términos generales, la derrota definitiva del machismo, elemento característico de nuestra sociedad e ingrediente indeseable de nuestra cultura. No hemos llegado, sin embargo, al final de la ruta, pues en este proceso la tarea es aún larga.

Múltiples obstáculos por superar y metas por alcanzar quedan todavía en el proceso de convertir en realidad la promesa de igualdad entre hombres y mujeres plasmada en nuestra Constitución. Vale, desde luego, celebrar el acelerado avance logrado este año, pero no debe perderse de vista cómo los patrones socioculturales sobre los cuales se han construido las muchas desigualdades y discriminaciones padecidas por amplios segmentos de nuestra comunidad –marcadamente las mujeres, pero no sólo ellas– siguen allí, a la espera de ser desmontados.

¿Somos ya una sociedad menos machista? En el macropanorama, el de la fotografía amplia, sí, pero aún existen múltiples espacios particulares donde vive atrincherada la “convicción” sobre la superioridad masculina. Es necesario perseverar en la demolición de esos reductos.

@sibaja3

sibaja3@gmail.com

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