Nuevo León se ha convertido, según las notas y reportajes recientes de El Horizonte, en la capital de los fraudes financieros.
Habla este medio de millones de pesos evaporados en Sofomes y esquemas de inversión que prometían rendimientos “mágicos”, cientos de carpetas de investigación, adultos mayores que perdieron el ahorro de una vida y la sensación de que la autoridad pública llega siempre tarde.
Aventuro una hipótesis que se saldrá de lo convencional. Ni modo.
Quienes suelen leer esta columna saben que odio responder con la indignación moralista de los colegas hipócritas que dividen el mundo entre buenos y malos. La realidad es más compleja.
Por mis años —que ya no son pocos— he vivido de cerca cómo se construyen y se derrumban los edificios de crédito.
Y sé que estos fenómenos rara vez son accidentes.
Lo que pasa en Nuevo León no es distinto de lo que ha ocurrido en los momentos de expansión rápida.
Hay un exceso de liquidez que busca acomodo. Y hay una distancia creciente entre el valor real de las cosas y el valor que se les asigna en los contratos y en las promesas de compra.
En el margen de esa distancia anida el fraude.
Si una economía crece a ritmo acelerado —como parece haber ocurrido entre nosotros—, se genera un capital que ya no encuentra acomodo suficiente en la economía productiva.
Ese dinero exige a gritos rentabilidad. Y la rentabilidad extraordinaria, la que supera el rendimiento de los instrumentos seguros, solo puede venir de dos vías: o de un riesgo real y consciente, o de una ficción, es decir, de una mentira.
La mayoría de las veces todos preferimos la ficción, es decir, la mentira. ¿Por qué? Porque la ficción es más confortable, más placentera. En suma, más a toda madre.
La ficción, la mentira, nos hace creer que estamos siendo inteligentes sin asumir el riesgo.
Las Sofomes no reguladas y ciertos desarrollos inmobiliarios han funcionado en Nuevo León gracias a la comodidad que nos brinda esa ficción.
Ofrecen la fantasía y el placebo del rendimiento superior. Y lo hacen justo donde la supervisión es débil o intencionalmente selectiva.
Que nadie se sorprenda con lo que digo. Los reguladores suelen ser más indulgentes y benévolos con aquello que alimenta la sensación de éxito colectivo.
Cuando el dinero circula y las cifras de inversión se exhiben con orgullo al compadre, a los amigos o incluso al espejo donde uno se refleja, el control se relaja.
Solo cuando el edificio se desmorona aparece la indignación y la exigencia de sanciones. Lo clásico.
Y ahora llego a la peor parte de mi hipótesis: la dimensión psicológica. El fraude financiero no se sostiene únicamente sobre la astucia del estafador.
Se acepte o no, el fraude financiero necesita la colaboración, aunque sea inconsciente, de quienes desean creer.
El que entrega su capital a cambio de un rendimiento del 20% anual no está siendo engañado plenamente.
Está participando en una ilusión compartida. En una ficción en común. Una mentira en conjunto.
El afectado decide no mirar demasiado de cerca la calidad de los activos, la solidez de los deudores o la coherencia del modelo.
Mirar de cerca destruiría la magia del rendimiento.
Yo he conocido decenas de casos en los que la codicia y la vanidad se disfrazan de confianza.
En el sector inmobiliario la lógica que explico es todavía más clara. El cemento tiene la virtud de ser real. Un complejo conjunto residencial, un proyecto con nombre elegante, transmite la impresión de cosa tangible.
Pero cuando el valor de esos activos no se construye sobre flujos reales de utilidad o ganancia, el edificio es tan ficticio como el de cualquier Sofom. Solo que más sólido a la vista.
¿Por qué se intensifica ahora? Porque el ciclo de abundancia que vivimos en Nuevo León ha creado la tormenta perfecta: capital disponible, sensación de éxito anticipado, debilidad institucional y una clase de ahorradores e inversores que confunden —o quieren confundir a adrede— el crecimiento del entorno con la solidez de cada operación particular.
En esas circunstancias, el fraude es casi inevitable estadística.
No creo en las explicaciones que denuncian la “ambición de las víctimas” o la “maldad diabólica de los defraudadores”.
Creo en algo de más fondo. Cuando el dinero se separa mucho de la producción y se convierte en promesas domingueras, alguien siempre termina pagando los platos rotos.
En Nuevo León, al parecer, ese alguien ha sido el ahorrador confiado.
La misma vieja historia, escrita una vez más con otros nombres y bajo el clima seco de Monterrey.
