La reciente decisión del Banco de México de recortar la tasa de interés a 6.75% en un entorno donde la inflación vuelve a presionar al alza no es un movimiento menor; es, en esencia, una declaración de principios y de riesgos. En un país donde la memoria inflacionaria sigue viva, relajar la política monetaria cuando los precios aún no ceden del todo parece, al menos en la superficie, una contradicción.
Sin embargo, el trasfondo revela algo más sofisticado. La inflación actual no responde únicamente a un exceso de demanda, sino a choques persistentes del lado de la oferta: energéticos, cadenas globales y tensiones geopolíticas. Bajo esta lógica, mantener tasas elevadas durante demasiado tiempo podría asfixiar el crecimiento sin necesariamente atacar la raíz del problema inflacionario.
La división dentro de la Junta de Gobierno lo confirma. Figuras como Jonathan Heath y Galia Borja optaron por la cautela, al defender mantener la tasa en 7 por ciento. Su postura refleja una preocupación legítima: relajar demasiado pronto podría desanclar expectativas, el activo más valioso y frágil de cualquier banco central.
Pero la mayoría votó por recortar. ¿Por qué? Porque el ciclo económico empieza a mostrar signos de fatiga. El consumo pierde dinamismo, la inversión sigue siendo selectiva y el entorno global no ofrece mucho margen de optimismo. En ese contexto, Banxico parece estar apostando por adelantarse a una desaceleración más profunda, incluso si eso implica convivir temporalmente con una inflación incómoda.
El verdadero mensaje no está en el recorte en sí, sino en la guía futura: el banco central dejó claro que cualquier movimiento adicional dependerá de la evolución macroeconómica. Es decir, no hay piloto automático. Cada decisión será quirúrgica, reactiva y, probablemente, polémica.
La pregunta de fondo es si Banxico está priorizando el crecimiento sobre la estabilidad de precios o si simplemente reconoce que la política monetaria ya no puede cargar sola con el peso del equilibrio económico. En un entorno donde los choques son cada vez más externos, la ortodoxia monetaria enfrenta sus propios límites.
Al final, este movimiento no es una señal de debilidad, sino de adaptación. Pero, como toda apuesta en economía, su éxito dependerá no de la intención, sino del timing. Y, en política monetaria, el tiempo, como la inflación, nunca perdona errores.
