Una tendencia se ha vuelto común en la política de Nuevo León: el aspirante a cargo público dedica más tiempo a hacerse el chistoso en Instagram o TikTok que a plantear un diagnóstico de seguridad, libertad de expresión o un plan de infraestructura.
Se les ve frívolos, bromistas, como si el cargo fuese una extensión de su perfil personal.
Mientras tanto, el mundo real no está en estos días de humor.
Francia acaba de vivirlo en carne propia. Igual Brasil o Colombia, donde la izquierda perdió no por conspiraciones de la derecha, sino por frivolidad, ligereza e irresponsabilidad de la propia izquierda.
El 17 de octubre de 2026, entre 550,000 y 800,000 manifestantes salieron a las calles de decenas de ciudades en Europa.
Lo que empezó como protesta estudiantil por el pésimo estado de las escuelas y la falta de maestros se transformó en una explosión de rabia por el costo de la vida, el deterioro de los servicios públicos y la sensación de que el futuro se está cerrando.
La jornada terminó con provocaciones de las fuerzas del orden en París, que reprimieron con gas lacrimógeno a adolescentes sentados en las banquetas. Lo sé porque yo estuve ahí.
Los saqueos, edificios públicos atacados, el ayuntamiento de Limoges parcialmente destruido por el fuego, casi 1,800 detenidos, más de 500 policías y bomberos heridos y al menos dos muertos no fueron, de inicio, culpa de estos adolescentes que expresaban su inconformidad pacíficamente.
No fue un estallido improvisado: llevaba semanas acumulándose, en medio de una franca provocación del gobierno contra los jóvenes.
Macron —pato cojo, como se les dice a los mandatarios sin ya poder de mando— se apresuró a hablar de delincuentes, pero el problema de fondo es más profundo y más peligroso: una sociedad que siente que sus instituciones ya no le responden.
Italia no se quedó atrás. En Milán, Turín, Bolonia y otras ciudades, las manifestaciones contra la carestía de la vida, los salarios estancados y la falta de vivienda asequible terminaron también en enfrentamientos.
Se levantaron barricadas, hubo detenidos (muchos menores de edad) y la matriz de Gucci en Milán se incendió frente a mis propios ojos.
Quienes creen que estos fenómenos son ajenos a México o Monterrey cometen el mismo error que cometieron muchos en 1968.
Aquel año no fue solo “mayo francés”. Fue también “octubre mexicano”: una onda expansiva global que abarcó París, México, Estados Unidos, Italia y Alemania.
Estudiantes y trabajadores, frustración generacional, crisis de legitimidad de las élites políticas y un clima en el que cualquier chispa podía convertirse en incendio.
Los que entonces se dedicaban a minimizar o a buscar culpables externos terminaron sorprendidos por la velocidad y la profundidad del estallido.
¿Se repite la tentación ahora? Sí. En Francia ya hay voces que intentan atribuir parte del descontento a la influencia de Vladimir Putin o a campañas de desinformación rusa.
¡Vaya narrativa convenenciera! Convierten un problema interno de mala gestión gubernamental, de servicios públicos deteriorados y pérdida de poder adquisitivo en una cuestión de geopolítica.
En México ocurre algo parecido cuando, ante la inseguridad, la corrupción o la mala gestión, se apunta de inmediato a Donald Trump o a factores externos, como si eso absolviera a quien tiene la responsabilidad de gobernar aquí.
No los absuelve. El diablo se inventó para que los gobernantes mediocres y corruptos se salgan con la suya sin rendir la mínima cuenta.
Los problemas de los regiomontanos no se resuelven con un video de 30 segundos con un político haciéndose el chistoso ni culpando a Washington.
La frivolidad política tiene un costo. Cuando los cargos se convierten en plataformas de entretenimiento, cuando la prioridad es acumular risas antes que resultados, se erosiona la autoridad moral necesaria para administrar las crisis en momentos de tensión.
La gente no necesita políticos que sepan hacer el baile de moda; necesita que sepan anticipar, contener y resolver.
El estallido social rara vez anuncia su llegada con una invitación formal. Llega cuando la paciencia se agota y cuando la distancia entre el discurso oficial y la vida cotidiana se vuelve insoportable.
A los aspirantes a gobernar Nuevo León en 2027 les corresponde una decisión simple y urgente: dejar de actuar como chistosos virales y empezar a actuar como responsables públicos.
El escenario es una sociedad que observa y que, como se ha visto en Francia e Italia, puede cansarse de ser espectadora.
Las ondas expansivas de la inconformidad o la insumisión no respetan fronteras ni calendarios electorales.
Quien siga apostando a la broma en Instagram, descubrirá pronto que ya no tiene público que ría.
