Ron_Rolheiser_1x1_269c01155c
Opinión

Nuestra lucha con el amor y con Dios

Espiritualidad

Dios es amor. Si esto es cierto —y lo es—, entonces ¿por qué le tenemos miedo a Dios y por qué le tenemos miedo a la muerte?

Vivimos con demasiado miedo a Dios y a la muerte. ¿De dónde proviene esto? ¿Por qué alguien debería tener miedo de encontrarse cara a cara con el amor?

Este miedo no es simplemente producto de una mala religión que nos puede dar una concepción distorsionada de Dios. Una mala religión puede contribuir a generar un miedo malsano hacia Dios; sin embargo, hay factores más importantes en juego.

En primer lugar, a menos que hayamos sido extremadamente afortunados en la forma en que hemos sido amados, todos luchamos con un profundo miedo a ser, de alguna manera, indignos de amor, inmerecedores e incapaces de presentarnos moral y psicológicamente desnudos ante el amor puro. Por lo tanto, es comprensible que sintamos cierto temor ante un Dios que es amor puro y que, como era de esperar, temamos enfrentarnos a ese Dios al morir. Digo esto con compasión. Para la mayoría de nosotros, esta es simplemente nuestra condición humana, y la mala religión no se encuentra en las raíces más profundas de esto. ¿Qué se encuentra en esas raíces profundas?

Nuestra lucha congénita con el amor. En esencia, nuestra lucha es la lucha del Jacob bíblico, que pasa una noche luchando con una fuerza divina desconocida. ¿Cuál es esa fuerza? ¿Un ángel? ¿Dios? Sí, ambas cosas; mas, en última instancia, está luchando sin saberlo con el amor y, por eso, casi al final de la lucha, cuando ha sido herido gravemente, finalmente se da cuenta de con qué está luchando. Entonces se aferra a ello y suplica su bendición. Esa es nuestra profunda lucha con Dios, con el amor.

Sin embargo, la mala teología a veces sí influye debido a nuestra mala interpretación del consejo bíblico: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría” (Proverbios 9:10).

La teología y la catequesis de mi juventud —gran parte de ellas muy sanas— contenían, sin embargo, y de forma bastante marcada, un motivo de miedo malsano. Había que temer a Dios. Dios anotaba nuestros pecados, los contaba y llevaba un registro estricto de ellos en un libro. Un día tendríamos que enfrentarnos a Dios, en un encuentro que nos quemaría el alma, y responder por esas faltas. Además, también existía el miedo a ir al infierno después de la muerte. Por mucha sinceridad que tengamos, podríamos morir en estado de pecado mortal y ser condenados al infierno por toda la eternidad. La teología y la catequesis en las que fui bautizado y educado, a pesar de todas sus otras virtudes, me inculcaron un miedo malsano a Dios.

Sospecho que esto les ocurre a muchos de nosotros.

Pero ¿no es el temor de Dios el principio de la sabiduría? ¿No deberíamos presentarnos ante Dios con temor? Sí, mas solo con un cierto tipo de temor.

El miedo tiene muchas caras, algunas saludables, otras no. Tememos al tirano del patio de recreo; tememos contraer una enfermedad grave; tememos el dolor físico; tememos perder a alguien por la muerte; tememos nuestra propia muerte y tememos ser juzgados por nuestras faltas. Esa es una de las caras del miedo.

Sin embargo, hay otra: el miedo a ser infiel, el miedo a traicionar a alguien a quien amamos, el miedo a ser insensible y grosero y a no quitarnos los zapatos ante la zarza ardiente. Ese es el tipo de miedo que es el principio de la sabiduría. Ese es un miedo saludable ante Dios y ante el amor.

San Pablo, al hablar de la gracia, lo expresa esencialmente así: no debemos intentar ser buenos para que Dios nos ame; más bien, ¡debemos querer ser buenos porque Dios nos ama! Por ejemplo, en un matrimonio, debemos querer ser fieles no principalmente para que nuestra pareja no deje de amarnos; más bien, debemos querer ser fieles porque nuestra pareja nos ama. Ese es el temor santo: el temor a traicionar el amor, el principio de la sabiduría, un miedo saludable a Dios y al amor.

Asimismo, hoy en día existe una literatura cada vez más extensa que narra la experiencia de personas que estuvieron clínicamente muertas y luego fueron reanimadas y devueltas a la vida. En prácticamente todos los casos, la persona que había estado muerta y luego fue reanimada no quería regresar a su vida terrenal. Prácticamente todos describen haber sido recibidos por una calidez, una luz y un abrazo de amor que superaba cualquier cosa que hubieran experimentado en esta vida. Ninguno experimentó miedo.

Dios nunca es un tirano, un matón, arbitrario, legalista, frío, sin calidez ni plena comprensión y compasión. Solo debemos temer traicionar esa bondad. Mi imagen de estar ante Dios después de la muerte es la de un bebé recién nacido siendo alzado por su madre por primera vez, o la de un abuelo o abuela sonriendo a su nieto, intentando hacer sonreír a un bebé.

No debemos temer encontrarnos con Dios, ni antes ni después de la muerte. Será una experiencia de encuentro con el amor puro e incondicional. Entonces, como el Jacob bíblico, podremos finalmente dejar de luchar contra el amor y aferrarnos a él.

Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com

más del autor

Orando por Israel y Jerusalén…

Viví durante varios años en comunidad con un hermano oblato que era...

Los mejores libros que me encontraron en 2025

San Agustín dijo célebremente: “Sobre gustos no hay nada escrito”. Así...

Noche de Paz

Nada es perfecto, mas el himno Noche de Paz expresa casi a la perfección...

¿Quién lo hubiera imaginado?

Una vez tuve el privilegio de visitar Tierra Santa. Es un lugar extrañamente...

últimas opiniones

¿Cómo revelamos el misterio de la caída de ventas de vehículos en Nuevo León?

En los últimos años, la venta de vehículos en las agencias automotrices de...

La evolución del sistema Fintech en México

Durante años, el sector Fintech mexicano se desarrolló en una zona...

La grave detención del director del Vanguardia

La verdad sea dicha, estimado lector, esta vez sí que se equivocó la...

Nuestra lucha con el amor y con Dios

Dios es amor. Si esto es cierto —y lo es—, entonces ¿por qué le tenemos...

×