No sé ustedes, pero yo no solté ni una lágrima cuando Mike Tomlin dejó a los Steelers, aunque sí le estoy agradecida por todo lo que hizo en la franquicia, sobretodo la primera década en la que fue contratado.
Con sinceridad, hasta parece que él mismo ya lo quería. Cuando uno estira tanto el chicle, tarde o temprano se rompe… y este ya sabía a puro plástico desde hace rato.
Tomlin se va después de 19 temporadas en Pittsburgh.
Diecinueve. Más que suficiente para llenar vitrinas de estadísticas y argumentos para defenderse a morir en redes sociales. Sin temporadas perdedoras, ojo, eso es real y admirable.
Y durante buenos años, Tomlin tuvo la fábrica de estrellas en marcha como chocolatera suiza: talento, disciplina y brillo. Pero ya saben, como dice mi tía cuando quema las tortillas: “Todo por servir se acaba”, y Tomlin ya era comal de fondita desgastada.
Porque sí, no podemos seguir barriendo bajo la alfombra lo evidente: Los Steelers no ganan un miserable partido de Playoffs desde 2016.
Y lo que duele más: siete derrotas seguidas en postemporada, sin liderar ni un minuto de la segunda mitad en esos juegos. Eso ya no es mala suerte, es advertencia divina.
Por eso, cuando terminó ese triste episodio contra los Texans, no había rostro confundido en Acrisure Stadium: Tomlin se iba. Lo sabían en el palco, en el túnel, en el estacionamiento y hasta la señora que vende pierogis afuera del estadio.
Y lo más jugoso: era decisión suya. Le quedaba un año de contrato, pero sin boleto al Juego de Campeonato no había carburador que lo sostuviera. Sueño guajiro no realizado, historia alternativa cancelada.
Y sí, la presión explotó. En noviembre, los gritos de “¡FIRE TOMLIN!” se volvieron himno popular después del 26–7 contra Buffalo.
La afición es fiel… hasta que deja de serlo. Ni la victoria 200 ni empatar a Chuck Noll sirvieron para amortiguar la realidad que ya era elefante en el vestidor. La historia reciente lo gritaba: Tomlin no estaba avanzando.
Y aquí, su parte humana —y trágica—: Tomlin ganó un Super Bowl con plantilla heredada de Bill Cowher. Luego, cuando ya todo era decisión suya, cuando la mesa era suya y también los manteles… se quedó corto. Green Bay en 2011 fue la última fiesta grande. De ahí en adelante, puros preparativos sin boda.
En otra franquicia ya habría sido historia antigua.
Pero la familia Rooney es lealtad en carne viva, y Tomlin terminó con indulgencia de santo. El final era inevitable, pero al menos fue decoroso.
¿Y ahora qué? Tomlin decidió algo inteligente: no coach en 2026. Vacaciones pagadas de estrés, quizá desde una cabaña. Dicen que equipos levantaron el teléfono y les dijo que para 2027 nos leemos de nuevo. Ya veremos si regresa como CEO de una franquicia o estrella de TV con la mirada intimidante que ya conocemos.
Y los Steelers… ay, mis Steelers. Reconstrucción, alergia asegurada a febrero feliz y varios meses de incertidumbre.
MIS PRONÓSTICOS… PARA QUE NO LOS EXTRAÑEN
Bills Vs. Broncos: Josh Allen se pondrá serio, los Bills se imponen y Denver se queda corto en su cuento feliz de retorno.
Texans Vs. Patriots: La defensiva de Texans va a convertir a Drake Maye en piñata prematura. Se llevan la victoria y quizás el orgullo del novato.
Seattle Vs. San Francisco: Seattle ha sido dinamita este año, mientras los Niners ya parecen sala de urgencias móvil. Chocan con pared, y fuerte.
Bears Vs. Rams: Chicago gana… porque Soldier Field es congelador y Stafford con frío juega como yo sin café: fatal. Uno de ocho con hielo en el historial.
Sólo pido esto: juegos inolvidables, pateadores con nervios de acero y cero árbitros robando cámara. Nos vemos la próxima semana, si Tomlin no decide regresar antes.
