Opinión

¿A qué vino de verdad Citlalli Hernández a Monterrey?

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 08 Octubre 2026, 04:59

Vino Citlalli Hernández a Monterrey en calidad de representante de la dirigencia nacional de Morena para “cerrar heridas”. Por lo pronto, llegó como se fue: sin resolver nada. 

Peor todavía, el fuego parece haberse avivado. La rebelión retórica no se sofocó. 

Si algo dejó la visita de Citlalli fue una pregunta que nadie terminó de responder: ¿a qué vino realmente a Nuevo León?

Difícil creer que el movimiento encabezado por Tatiana Clouthier sea simplemente un berrinche posterior a las encuestas internas. 

Si Tatiana hubiese tenido la fuerza suficiente para modificar el resultado, probablemente habría utilizado esa capacidad antes de que concluyera el proceso. Seguramente lo intentó: movió redes, medios, simpatizantes y promotores. No le alcanzó. 

Y si no logró cambiar la correlación de fuerzas antes del resultado, cuesta trabajo creer que pueda hacerlo después.

A menos que el objetivo sea otro.

Aquí conviene hacer una distinción importante. Las críticas de Tatiana parecen dirigirse menos contra el resultado que contra del procedimiento mediante el cual se llegó a él. No es lo mismo. Cuestionar un resultado no significa únicamente enfrentarse al ganador; cuestionar el procedimiento significa enfrentarse a quien organizó, administró y legitimó el proceso interno.

Por eso el verdadero destinatario de la ofensiva de Tatiana quizá no sea Clara Luz Flores. Es —¿qué duda cabe?— la dirigencia nacional de Morena. Y, particularmente, quienes desde el centro operaron el proceso: Ariadna Montiel y la propia Citlalli Hernández.

Vista así, la visita cambia de significado. Citlalli no habría venido solamente a cicatrizar heridas. Habría venido también a medir la profundidad de la rebelión: quiénes están inconformes, cuántos son, a quién obedecen, qué capacidad de movilización conservan y hasta dónde están dispuestos a llegar.

En política, muchas veces el enviado no llega para resolver el conflicto. Llega para medirlo.

Pero para entender completamente lo que está ocurriendo dentro y alrededor de Morena en Nuevo León falta introducir otra pieza: Waldo Fernández.

Porque mientras Tatiana cuestiona desde dentro el procedimiento, Waldo mueve piezas en otro tablero. En una curiosa carambola política, “destapa” a Felipe de Jesús Cantú para Monterrey, mientras el Partido Verde coloca al propio Waldo en la posibilidad —aún hipotética— de la candidatura a la gubernatura. 

Una jugada que permite mandar señales en varias direcciones sin asumir completamente ninguna.

No afirmo que Tatiana y Waldo formen parte de una misma operación. No hay elementos suficientes para sostenerlo. Lo relevante es otra cosa: los efectos de ambos movimientos pueden terminar convergiendo.

Tatiana tensiona la disciplina interna de Morena. Waldo construye una ruta propia desde el Verde. Felipe de Jesús Cantú aparece como una pieza con capacidad para disputar segmentos del electorado metropolitano. 

Y mientras cada actor mueve sus fichas, el voto que Morena necesitaría mantener compacto comienza a fragmentarse entre liderazgos, agravios y proyectos personales.

Ese es el verdadero riesgo para Morena.

No necesariamente una ruptura formal, sino algo mucho más difícil de combatir: una ruptura silenciosa. Militantes que permanecen dentro, pero dejan de operar. Liderazgos que sonríen en la fotografía, pero trabajan a medias. Grupos que aceptan públicamente al candidato mientras reservan territorialmente sus estructuras. 

En política, un partido no necesita partirse en dos para perder una elección. Basta con que una parte deje de remar.

Si vino a Monterrey Citlalli para cerrar heridas, el primer resultado no parece demasiado alentador. Las heridas siguen abiertas y los inconformes continúan hablando. 

Si vino para frenar a Tatiana y contener la rebelión retórica, tampoco parece haber conseguido todavía su propósito.

Pero existe una tercera posibilidad.

Que Citlalli no haya venido primordialmente a apagar el incendio, sino a observarlo. A saber quién está echando combustible, quién contempla las llamas y quién espera beneficiarse de las cenizas.

En ese caso, su visita habría sido menos una operación de reconciliación que una misión de reconocimiento político.

¿Qué quiero decir con esto? Que Citlalli habría venido como bombera y terminó funcionando como termómetro.

El problema de Morena en Nuevo León es saber cuántas costuras cerrarán la herida, quién será la costurera y si el partido quedará unido después de tanto zarandeo. 

Y es que quizá, pero solamente quizá, Citlalli Hernández no vino a Monterrey a cerrar heridas. Vino a contar heridos, identificar rebeldes retóricos y calcular cuánto costará mantener unido a Morena cuando llegue la verdadera batalla.

De ser así, están jugando con fuego. Y el fuego quema.

Termino con un refrán popular que siempre me ha parecido de los peores pero que viene perfectamente al caso: “no me importa ver la casa del vecino arder aunque tenga que quemar la mía”.

Ojalá no sea ese el caso.

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