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Opinión

Tocqueville en Nuevo León

Agenda Poder

Se supone que, en el transcurso de esta madrugada, sabremos si los demócratas se llevan las dos cámaras en EUA, o sólo la de Representantes, o quizá se demuestre que las encuestas ya no son fiables y las elecciones intermedias están más parejas de lo que se creía. 

Mientras tanto, formulo una pregunta para los nuevoleoneses: ¿qué pasa cuando una sociedad deja de organizarse por sus intereses comunes y comienza a dividirse por sus preferencias partidistas?

Esta pregunta la aplico en Nuevo León, donde existe una larga tradición de asociaciones de todo tipo.

Pero antes de responder, cuento una historia propia de la tradición política norteamericana. 

En 1831, un joven aristócrata francés de apenas 25 años, Alexis de Tocqueville, viajó a Estados Unidos para estudiar su sistema penitenciario.

Tocqueville provenía de una familia que había sufrido los excesos de la Revolución francesa. A muchos de sus familiares cercanos los condenaron a la guillotina. Sabía que una mayoría podía convertirse en una fuerza opresiva, incluso cuando actuaba en nombre de la libertad.

Sin embargo, Tocqueville encontró algo que para mí resulta extraordinario.

Los ciudadanos tenían una costumbre casi obsesiva: asociarse.

Se organizaban para construir escuelas, fundar bibliotecas, abrir caminos, defender razas de caballos o resolver la limpieza de los parques de sus comunidades.

Y Tocqueville descubrió que estas asociaciones cumplían una función política: impedían que el Estado concentrara todo el poder.

De aquella experiencia nació su célebre libro La democracia en América.

Para Tocqueville, asociarse no significaba necesariamente militar en un partido político. 

Al contrario. Significaba aprender a cooperar con personas que podían pensar de manera distinta.

Y por eso, a mi juicio, su pensamiento adquiere una actualidad extraordinaria para Nuevo León.

Nuestro estado tiene una tradición muy peculiar de organización social. 

Desde las cámaras empresariales hasta las asociaciones de colonos, los organismos civiles y las agrupaciones profesionales, buena parte de nuestra vida pública se ha construido fuera de los partidos políticos.

Estas organizaciones no siempre han representado a toda la sociedad nuevoleonesa. No nacieron para eso. Algunas han defendido intereses muy específicos.

Pero han constituido espacios de participación distintos, en paralelo o a veces frente al poder partidista.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando la política electoral comienza a absorber la representación de prácticamente todos los conflictos sociales?

Sucede que los partidos pueden empezar a confundirse con la sociedad misma. Y esa confusión es muy peligrosa.

Una asociación nace de un interés compartido. Un partido político, en cambio, busca conquistar y ejercer el poder a secas.

Son funciones distintas, aunque ambas sean necesarias para una democracia.

En Nuevo León, de cara a las elecciones de 2027, vale la pena preguntarnos qué identidad representan realmente nuestros partidos.

¿Representan una doctrina política? ¿Una visión de desarrollo económico? ¿Una concepción del Estado? ¿O son principalmente vehículos electorales que se reorganizan alrededor de sus candidatos? Es decir, son meras agencias de colocaciones. 

Si un partido —o un partidito, como muchos que pululan en Nuevo León— pierde su identidad programática, corre el riesgo de convertirse en una estructura que conserva sus siglas, sus dirigentes y sus prerrogativas, pero pierde su capacidad de representar una causa reconocible. Se vuelve de plano un cascarón institucional.

Y cuando las asociaciones ciudadanas quedan subordinadas a la lógica de los partidos, también pueden perder algo esencial: su autonomía para cuestionar al poder, independientemente de quién gobierne.

La polarización actual agrava este problema.

Una propuesta deja de discutirse por sus méritos y comienza a juzgarse por el partido del que proviene.

Y así, la identidad partidista termina sustituyendo la identidad ciudadana.

Conviene aclarar algo: los partidos políticos son indispensables para organizar la competencia democrática. No lo dudo. El problema no es su existencia, sino que pretendan monopolizar la representación de una sociedad mucho más compleja que sus estructuras electorales.

Tocqueville comprendió hace casi dos siglos que la libertad democrática necesitaba ciudadanos capaces de organizarse sin esperar instrucciones del gobierno.

Quizá esa sea una de las cuestiones más importantes para el Nuevo León que elegirá gobernador en 2027.

¿Tenemos una sociedad civil que conserva su autonomía frente a los partidos o estamos convirtiendo toda forma de participación en una extensión de la competencia electoral?

Dicho de otro modo, una democracia puede tener muchos partidos políticos y, sin embargo, pocos espacios auténticos de participación ciudadana.

Y puede ocurrir algo todavía peor: que los partidos sigan creciendo como organizaciones electorales mientras se debilitan los vínculos sociales que deberían darles sentido.

Tocqueville descubrió que las asociaciones protegían a los ciudadanos de la concentración del poder.

Hoy debemos preguntarnos quién protege la autonomía de esas asociaciones cuando los partidos intentan representarlo todo.

Y es que una sociedad no es más democrática simplemente porque tenga más partidos. Lo es cuando sus ciudadanos pueden organizarse, deliberar y actuar sin pedirle permiso a nadie.

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