1. Esperando una consulta médica hace unos días, escuché esta conversación entre dos damas de mediana edad: “No sé qué le pasa. Siempre me había respondido al instante y hasta me prestaba más atención de la que le pedía. Estoy preocupada. No sé si algo le habrá pasado, si se molestó conmigo o si ya se cansó de mis necedades. Es cierto que soy muy intensa, con frecuencia ansiosita, pero nunca me había rechazado. ¿Será que le quito mucho tiempo o que ya se aburrió de mí? No sé qué hacer para recuperar la relación. Lo estoy perdiendo”.
2. Imaginé que la despechada se refería a algún galán displicente, de ojo alegre y dado a relaciones fugaces, incapaz de comprometerse. O, también era posible, que estuviéramos ante el hijo cansado de los lamentos maternos, de ser el confidente necesario ante la lejanía del padre, de estar tan concentrado en sus ocupaciones que no podía atender con diligencia las confidencias de su progenitora. O, inclusive, hablara del terapeuta que la había acompañado durante años, del confesor en quien arrojaba sus miserias espirituales, del adivino que le leía las cartas por Zoom desde la pandemia.
3. No. El deseado interfecto era nada menos que el ChatGpt. La afectada no consideró que su computadora era muy antigua —tan descontinuada estaba que el técnico le recomendó comprar otra, pues ya no se encontraban las piezas dañadas—, que la zona habitacional en donde residía sufría de continuas perturbaciones en la energía eléctrica y que ella misma abría tantas ventanas en la pantalla de la laptop que tardaba varios minutos en regresar a las primeras solicitudes. No pensaba que, quizá, el problema residía acá, y no allá; en ella misma y no en la aplicación.
4. Esta adjudicación de características humanas a un dispositivo electrónico lo llamo antropomorfización. Se dio durante mucho tiempo con Dios, a quien atribuíamos reacciones como las nuestras, de suerte que se entristecía o alegraba, se enojaba y había que contentarlo, castigaba o premiaba de acuerdo con nuestro comportamiento. Lo mismo ha sucedido con las mascotas, al punto que no solo les atribuimos comportamientos humanos —hay quienes afirman que aman a sus dueños—, sino que las ascendemos a categorías familiares, como perrhijos y gathijos.
5. Este movimiento antropomórfico no es gratuito. La inteligencia artificial siempre está disponible, a diferencia de los humanos, que utilizamos agendas y marcamos horarios para las entrevistas presenciales, y no siempre “pelamos” a quien quiere exponernos sus inquietudes; nos ofrece la información que necesitamos, nos ayuda de manera incondicional —hay varias herramientas gratuitas— a generar textos y presentaciones con gran profesionalismo, y a resolver todo tipo de dudas, desde las propias del diseño gráfico hasta tratamientos médicos.
6. Sin embargo, y de acuerdo con el mentado ChatGpt, no puede ofrecer en sus diálogos con humanos experiencia vivida, empatía en sentido pleno, presencia personal —con todo lo que ella implica de contacto auditivo, visual y, no se diga, táctil—, responsabilidad moral, amor y amistad, sabiduría nacida de la vida, trascendencia y fe. Será, en suma, un excelente complemento tecnológico, como Alexa, pero nunca podrá sustituir una relación interpersonal. Por más que antropomorficemos las aplicaciones, jamás nos superarán en lo que nos distingue: la creación de sentido.
7. Cierre icónico. Estoy impartiendo esta semana un curso en el Instituto Superior de Estudios para la Familia Juan Pablo II, con estudiantes del doctorado en Ciencias del Desarrollo Humano y Familiar. Mi materia lleva por título Temas del Desarrollo Humano (DH) Integral, y revisamos lo que es el DH, sus fundamentos filosóficos, la filosofía intersubjetiva que lo puede sustentar, los retos que le plantea la posmodernidad y los recientes documentos Quo Vadis, ¿Humanitas?, de la Comisión Teológica Internacional, y Magnifica Humanitas, de León XIV. Ya comentaré cómo nos fue.
