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Opinión

Américo dice Comunicar es Gobernar

Protágoras

En política, la forma es fondo. Y en Tamaulipas, el gobernador Américo Villarreal Anaya ha entendido que comunicar no es un acto accesorio, sino parte central del ejercicio de poder. 

“Diálogos con Américo”, transmitido por el Sistema Estatal de Radio y Televisión Tamaulipas, se instala como un modelo que rebasa el boletín tradicional y apuesta por una narrativa directa, sin voceros ni filtros, donde el mandatario fija postura, comparte datos y asume el costo de hablar en primera persona. 

No es casual el énfasis en las cifras. Reducir en 50 por ciento la pobreza extrema en dos años y sacar a 250,000 tamaulipecos de la pobreza multidimensional es más que un balance administrativo; es una carta de presentación política frente a la evaluación pública y a los tiempos que vienen. 

Cuando se detallan 4.5 millones de despensas distribuidas, 66 comedores comunitarios operando en 36 municipios y una derrama de $24,000 millones de pesos derivados de los programas federales que impulsa Claudia Sheinbaum, el mensaje es claro: hay coordinación, hay estructura y hay rumbo. 

El elemento distintivo está en la interacción con la audiencia. Responder a ciudadanos de Matamoros o El Mante no solo humaniza el formato, también obliga a sostener el discurso fuera del guion rígido. En tiempos de escepticismo, abrir el micrófono implica riesgo, pero también autoridad. Villarreal apuesta a que la transparencia discursiva fortalece legitimidad, y en política, legitimidad es poder.

Amor tras las rejas: ¿derecho o narrativa oficial?

En el marco del Día de San Valentín, doce personas privadas de la libertad contrajeron matrimonio en el CEDES de Altamira, con la presencia de la directora Yolanda Garibay Caballero y la oficial del Registro Civil, Blanca Borges Loredo, en una escena que, más allá de lo emotivo, obliga a revisar con lupa la política penitenciaria que la envuelve. 

Porque sí, el matrimonio es un derecho y negarlo sería un despropósito jurídico; la reinserción social no puede construirse desde la cancelación de vínculos afectivos, y formalizar una relación otorga certeza legal, identidad familiar y eventualmente protección patrimonial. 

Sin embargo, la pregunta incómoda es otra: ¿un acto civil colectivo garantiza reinserción o apenas maquilla estadísticas en fechas simbólicas que resultan mediáticamente atractivas?

El discurso oficial habla de fortalecer lazos y derechos fundamentales, pero guarda silencio sobre los indicadores duros: ¿cuántos de estos matrimonios contarán con seguimiento psicológico, asesoría legal permanente o programas reales de integración laboral cuando llegue la libertad? 

Sin acompañamiento institucional, el riesgo es que el matrimonio se convierta en ceremonia y no en proyecto de vida, en fotografía y no en política pública. Tampoco se discute el ángulo menos romántico: las dinámicas de poder dentro de los penales, la posible presión emocional o económica y la fragilidad de decisiones tomadas en condiciones de encierro. Defender derechos implica también garantizar que se ejerzan en libertad plena, no en un contexto limitado por la reclusión. Celebrar es válido; conformarse con el símbolo, no.

¡¡Yássas!!

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