Ariadna y la carnicería de Morena
Sección Editorial
- Por: Daniel Santos Flores
- 04 Mayo 2026, 00:00
Ariadna Montiel fue elegida apenas ayer, este domingo 3 de mayo, en el marco del VIII Consejo Nacional Extraordinario de Morena. En sus primeras palabras, la ahora máxima dirigente del partido, quien llega a suceder a Luisa María Alcalde, dijo que el partido quiere candidatos impecables. Que no habrá lugar para corruptos. Que incluso quien gane encuestas puede quedarse fuera si tiene señalamientos. El planteamiento con el que debuta es correcto; sin embargo, el mensaje que dio, lejos de lograr aplausos, generó preocupación.
El mensaje de Ariadna no llega en el momento adecuado, porque Morena, en este punto, lo menos que tiene es calma. Llega en el momento en que está sucediendo una crisis sin precedentes con uno de sus gobernadores y más prominentes figuras; concretamente, me refiero al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, quien es señalado por el gobierno de los Estados Unidos de ser narcotraficante. Ahora bien, a la par de su llegada y la crisis de credibilidad, Ariadna Montiel llega en la antesala del proceso electoral de 2027, en donde grupos internos están compitiendo, con aspirantes posicionándose desde hace meses y con estructuras ya operando en territorio. En ese contexto, salir a decir que solo aceptarán candidatos limpios no le meterá orden al proceso, solo lo complicará. Permítame explicárselo:
A partir de ahora, cualquier aspirante tiene un incentivo claro para desacreditar al otro. Si el requisito es ser impecable, entonces basta con instalar la idea de que el de enfrente no lo es. No se trata de probarlo, se trata de sembrarlo. Lo que viene es una escalada de señalamientos: filtraciones, audios, denuncias, campañas en redes sociales, guerra sucia, entrevistas pactadas para intrigar. No dudo ni tantito que parte de esa información pueda ser cierta, pero otra parte será inventada, construida y armada. Gracias a las palabras de la nueva dirigente, la contienda interna para gubernaturas, alcaldías, diputaciones federales y locales estará por demás contaminada, y ya no por la oposición; será ensuciada por los mismos compañeros y compañeras del movimiento.
Este tipo de procesos no son nuevos en la política mexicana, pero aquí hay una diferencia importante. Morena no es un partido con estructuras tradicionales ni con controles internos sólidos que contengan este tipo de conflictos. Es un movimiento amplio, con liderazgos locales fuertes, con intereses cruzados y con operadores que entienden perfectamente cómo funciona la presión mediática. Por eso, cuando se abre la puerta a la descalificación como método, el proceso se sale de control muy rápido.
Parece que los nuevos estándares con los que Morena quiere jugar serán para que las candidaturas no se resuelvan con encuestas ni con discursos, sino que se resuelvan en el terreno mediático, ese donde cada grupo hará hasta lo imposible por defender su espacio. Además, hay un problema de origen. Muchos de los perfiles que hoy están en la fila han sido parte del propio movimiento. Si ahora el criterio es la limpieza total, el filtro no solo aplica hacia afuera, también hacia adentro. Y eso abre conflictos que antes estaban contenidos.
A eso hay que sumarle otro elemento. En la política actual, la reputación no se destruye en tribunales; se destruye en redes sociales. Una acusación bien colocada, un audio creíble filtrado en el momento correcto o una campaña digital sostenida puede ser suficiente para sacar a alguien de la contienda. Y cuando todos saben eso, todos lo van a utilizar.
El resultado es por demás previsible. La competencia interna se va a endurecer. Cada aspirante va a cuidar su posición y, al mismo tiempo, va a intentar debilitar a los demás. El proceso se va a llenar de versiones, acusaciones y presiones. Este nuevo filtro que impuso Ariadna no será un tema de moral ni de competitividad electoral; será un tema de ver quién ensucia más a quién. Lejos de meter orden, todo apunta directo a la confrontación interna.
Morena entra ahora a un proceso interno con una regla que, en los hechos, convierte la contienda en una pelea abierta entre los suyos. No hay árbitro que alcance cuando todos juegan a golpear y cuando el incentivo principal es eliminar al competidor antes de que llegue a la encuesta final.
Así inicia la presidencia a cargo de Ariadna Montiel, donde lo que importa no es la verdad, es el daño que logras hacerle al otro, convirtiendo su primera etapa en una verdadera carnicería.
Veredicto final
“Mientras todo esto pasa, la oposición se sentará tranquilamente en la puerta de su casa, esperando para ver pasar el cadáver de su enemigo”
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