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Opinión

Las ciudades también sueñan

Comentarista de Azteca Deportes

“La ciudad es el mayor invento de la humanidad”: Edward Glaeser

Hay ciudades que reciben partidos. Y hay ciudades que reciben al mundo.

Monterrey volvió a sentirse mundialista.

Durante cuatro décadas, esta ciudad esperó el regreso de una Copa del Mundo. Cuarenta años son suficientes para que cambien las generaciones, los estadios y hasta la forma de entender el futbol. Pero algunas emociones permanecen intactas.

Hoy, más de 51 mil personas llenaron el Gigante de Acero para recordarle al planeta algo que aquí siempre supimos: Monterrey nació para los grandes escenarios.

Porque los Mundiales no sólo se juegan en la cancha. También se juegan en la memoria colectiva de una ciudad. En el orgullo de ser anfitrión. En la capacidad de abrir las puertas al visitante. En la emoción de volver a sentirse parte de una historia mucho más grande que uno mismo.

Y Monterrey estuvo a la altura de ese desafío.

Pero la historia no termina cuando se apagan las luces del estadio. Los tunecinos serán ahora huéspedes especiales de Nuevo León. Durante toda la semana vivirán y entrenarán en El Barrial. Desde Monterrey prepararán el partido que el próximo sábado los enfrentará a Japón.

Eso también es un Mundial.

Los equipos llegan para competir. Las ciudades tienen la oportunidad de dejar huella.

Y hay algo más.

Monterrey todavía tiene un objetivo por delante. El 29 de junio recibirá su cuarto y último partido de esta Copa del Mundo: el cruce de Dieciseisavos de Final entre el primer lugar del Grupo F y el segundo lugar del Grupo C.

Si hoy terminara la fase de grupos, el Gigante de Acero recibiría un partido fascinante: Suecia contra Brasil.

Pero los Mundiales siempre encuentran la forma de sorprendernos. Todavía quedan partidos por jugar, historias por escribir y sueños por perseguir.

Porque las Copas del Mundo se construyen así: partido a partido, historia a historia, sueño a sueño.

Las selecciones vienen a competir. Las ciudades tienen la oportunidad de trascender.

Y una vez más, Monterrey abrió sus puertas al mundo.

El futbol puso el espectáculo. Monterrey puso el corazón.

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