La mayoría de las denominaciones cristianas no creen en el purgatorio. Esta es una creencia específicamente católica romana. Y, en la mentalidad popular católica, con demasiada frecuencia se concibe erróneamente el purgatorio como un lugar distinto del cielo, un sitio donde uno es purificado y preparado para el cielo.
Sin embargo, el purgatorio no es un lugar distinto del cielo o del infierno. Los protestantes y evangélicos tienen razón al señalar que las Escrituras atestiguan que solo existen dos estados después de la muerte: el cielo y el infierno. Entonces, ¿cómo pueden los católicos romanos postular un tercer estado, el purgatorio?
Porque el purgatorio no es una cuestión de geografía ni un lugar distinto del cielo; es el dolor de ser purificado por el amor y el dolor de renunciar a la ilusión de la autosuficiencia.
He aquí un ejemplo de cada caso.
Hace varios años, acompañaba a un joven que experimentaba un dolor intenso, algo nuevo para él. Se había enamorado de una joven maravillosa y se preparaba para casarse con ella. Antes de conocerla, él había llevado una vida irresponsable, siendo sexualmente promiscuo y sintiéndose cómodamente satisfecho consigo mismo e insensible en ese estado. La mujer de la que se había enamorado conocía su pasado, mas no se lo echaba en cara. Al contrario: lo amaba y lo perdonaba incondicionalmente.
¡Mas ahí estaba el meollo del asunto! Estar enamorado de una persona tan bondadosa, generosa y moralmente íntegra le hizo verse a sí mismo con mayor claridad. El amor de ella fue un prisma a través del cual empezó a percibir su propia inmadurez (que es lo que siempre hace el amor incondicional). El amor de ella fue una luz que le otorgó una nueva visión, y lo que vio en su interior —su egoísmo, su irresponsabilidad, su autosuficiencia— le causó un gran dolor. En su favor hay que decir que buscó ayuda: confesión, dirección espiritual y asesoramiento psicológico.
El hecho de que ella lo amara, pura e incondicionalmente, le provocó los dolores más profundos que jamás había soportado. Fue su primera experiencia del purgatorio.
He aquí un segundo ejemplo: hace algunos años asistí al funeral de un hombre que falleció a los noventa años. Por todo lo que se sabía, había sido un buen hombre, profundamente religioso, padre de una familia numerosa, respetado en la comunidad y de corazón generoso. Sin embargo, también había sido un hombre fuerte, dotado de grandes cualidades y un líder nato; alguien a quien el grupo recurría naturalmente para que tomara las riendas y guiara. Por ello, ocupaba varios cargos destacados en la comunidad. Era un hombre acostumbrado a llevar el control.
Uno de sus hijos, sacerdote católico, pronunció la homilía en su funeral. Comenzó con estas palabras:
“Las Escrituras nos dicen que la vida del hombre dura setenta años, u ochenta si es fuerte. Pues bien, nuestro padre vivió noventa años. ¿Por qué esos veinte años de más? No es ningún misterio. Era demasiado fuerte y tenía demasiado control sobre las cosas como para morir a los setenta u ochenta. Dios necesitó veinte años adicionales para suavizar su carácter. Y funcionó. Los últimos diez años de su vida estuvieron marcados por una gran fragilidad. Su esposa falleció y él nunca superó esa pérdida. Sufrió un derrame cerebral que lo obligó a trasladarse a una residencia asistida, lo cual supuso un duro golpe para él. Pasó sus últimos años dependiendo de otros para cubrir sus necesidades corporales básicas. Para un hombre como él, aquello fue una lección de humildad. Pero también suavizó su carácter”.
En esos últimos años, cada vez que alguien iba a visitarlo, él tomaba la mano de la visita y decía: “Ayúdame”. No había pronunciado esa palabra desde que tenía cinco años y aprendió a atarse los cordones de los zapatos. Cuando llegó el momento de morir, estaba preparado. Estoy seguro de que, al encontrarse con Jesús y San Pedro en el más allá, simplemente extendió la mano y dijo: “Ayúdame”.
Esa es una parábola que nos habla profunda y directamente de un punto al que todos debemos llegar eventualmente, ya sea por propia elección o al someternos a las circunstancias. Todos debemos llegar finalmente a aceptar que no somos autosuficientes: que necesitamos ayuda, a los demás, a la comunidad, la gracia y a Dios. Y el dolor que experimentamos al renunciar a la ilusión de nuestra autosuficiencia es el dolor del purgatorio.
El purgatorio no es un lugar, una realidad geográfica separada del cielo. Es el dolor —metafóricamente hablando— de que el grano de trigo caiga en tierra y muera para dar un nuevo fruto. Y es el destino de todo ser y de toda cosa mortal, no solo de los católicos romanos.
Cuando morimos, a menos que hayamos endurecido el corazón hasta el punto de rechazar el abrazo del amor incondicional mismo, Dios nos abraza plena, afectuosa, apasionada e incondicionalmente. Dentro de ese abrazo, en la medida en que aún no seamos plenamente santos, experimentaremos —al igual que los dos hombres cuya historia compartí— cierto dolor purificador.
Paradójicamente, en el éxtasis del abrazo surge la agonía de la purificación.
Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com
