Opinión

Audomaro Martínez en Tamaulipas y Nuevo León

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 09 Octubre 2026, 04:59

Algunos colegas periodistas aseguran que el general Audomaro Martínez está ilocalizable. Incluso sugieren que el exdirector del Centro de Inteligencia Nacional ya no vive en México; y que está escondido, es decir, “huido”. 

Lo siento, pero eso es rotundamente falso y voy a explicar por qué. 

Hace unas semanas, un empresario honesto, muy reconocido en Nuevo León, amigo mío, nos invitó a montar a caballo en su rancho de Tula, Tamaulipas. Iba también un compadre mío que sí es muy buen jinete. 

Nos atendió la esposa del empresario, que es una gran mujer y una de las mejores cocineras de comida norestense que he conocido. 

Amanecimos con un suculento desayuno conformado por menudo, machacado con huevo, tamales gigantes y frijoles charros. Todo un manjar. 

Antes de montar entre matorrales, en una brecha apretada de la montaña, y antes de ponernos las botas, chaparreras y el sombrero —que no es un lujo, sino la mejor forma de embestir las ramas que te chicotean en la cara—, nos pidieron esperar a otro invitado que venía en autobús pollero desde Tampico. 

Fueron por él a la central camionera de Victoria. Era el general Audomaro Martínez, que llegó cansado, pero feliz, con sus muy bien llevados 80 años de vida, luego de viajar por horas y sin una sola escolta. 

Al general le encanta viajar en camiones polleros y si tiene que tomar un avión de línea se va al aeropuerto en taxi. Así de simple. 

Por su grado de general de división (con el que se retiró), y porque estuvo al frente de la caballería de la Sedena, Audomaro Martínez se puso al frente de nuestra cordada. 

Varias horas de montar que para mí fueron eternas por el calorón, el paisaje agreste y porque, delante de estos señores, yo soy un novato en esos trotes. 

Terminamos la jornada con una cena ofrecida por nuestros anfitriones y unos buenos mezcales. 

El general me contó que ya está retirado del servicio público, que se dedica a la crianza de ganado, y que le gusta pasar más tiempo en su rancho tabasqueño que en su casa de Villahermosa.

Me dijo que uno debe la sabia virtud de retirarse a tiempo —como dice el poema de Renato Leduc— a la vida privada y a darle paso a las nuevas generaciones. 

Le pregunté por qué no tenía escoltas y respondió que el número de escoltas que alguien tiene es proporcional al tamaño de lo que uno debe. 

Le preocupa México; sabe que ya no está en sus manos hacer nada porque, aunque está fuerte como un roble, nada y trota diariamente y se despierta cuando canta el gallo, 80 años son muchos y hay que cuidarse para que rinda la maquinita. 

Nuestro anfitrión, el empresario, nos dijo que antes de que se regresara el general Audomaro a Villahermosa, Tabasco, montaríamos de nuevo la mañana siguiente, al clarear el alba. 

El general Audomaro dijo que sí, los demás también dijeron que sí, y yo mejor me puse a platicar con la esposa del empresario, fingiendo que no oía nada de la invitación. Otra asoleada ya era mucho para mí, que soy un simple periodista urbano. 

El general Audomaro se regresó en camión pollero; yo me regresé a Nuevo León con la panza llena y el corazón contento, y con esto doy respuesta a mis colegas para que no suelten tantas mentiras, porque es pecado. Y además, no hay necesidad.

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