Opinión

Bajarle dos rayitas

Sección Editorial

  • Por: Francisco Gómez
  • 07 Mayo 2026, 00:00

1. Durante mucho tiempo impartí clases de tanatología. Una de las temáticas se centraba en el manejo de las enfermedades ajenas, con el necesario respeto a quienes las enfrentan. Señalaba tres maneras equívocas —aunque muy bien intencionadas— que, en mi opinión, utilizamos para tratar de acompañarlas. Al mismo tiempo, recomendaba una, en apariencia poco significativa pero muy respetuosa. En estos años recientes he agregado otra al primer grupo, repitiendo que parten de una posición de amor e intento desinteresado por ayudar de manera efectiva. Van.

2. El primer acercamiento a la persona enferma muchas veces es de regaño. Ante el resfriado que anticipa malestares, se le agrega uno más con la pregunta: “¿pues ahora qué hiciste?”. Y si la respuesta refleja algún descuido del acusado —sudó y no se bañó de inmediato, bebió refrescos helados, olvidó la chamarra durante el frente frío— arriba el contraataque: “¡Ya te he dicho que no seas tan descuidado! ¿Por qué no me haces caso?”. Esta actitud esconde o refleja la preocupación de lo que se puede venir: desde dedicarle demasiado tiempo al afectado hasta perderlo para esta vida.

3. Una segunda reacción busca desautorizar las medidas tomadas por quien sufre la dolencia. “¿A qué doctor estás viendo? ¿A Y? Ese no sirve para nada, es un charlatán y solo te sacará dinero. Tienes que ir con Z, es el mejor”. No falta quien te saca la cita con el galeno, te exige una foto entrando a su consultorio y, de preferencia, un video como evidencia de la entrevista. Es hasta capaz de surtirte la receta y, como esta amable amistad sabe más que los médicos, agrega algunos remedios que, sostiene, son inclusive más efectivos que los medicamentos recetados.

4. Hay quien va todavía más allá, y es el catastrofista trágico. Comienza interrogándote con mucha amabilidad sobre los síntomas que presentas, el tiempo con el achaque a cuestas y el tratamiento que sigues, para rematar con un “¡Híjole, a un amigo le pasó lo mismo y, después de una larga y dolorosa agonía, acaba de fallecer!”. Consciente de sus tenebrosas palabras, matiza: “¡Claro!, cada persona es diferente y no todo mundo corre la misma suerte, pero yo que tú —remata— pondría mis cosas en orden, afinaría el testamento y me prepararía para lo peor”. 

5. A estas aproximaciones, repito, bien intencionadas pero indebidas, he añadido una que se me ha venido presentando en los años recientes. Se expresa con un “¡Por favor, para que yo me sienta bien, haz esto!”. Es decir: “Te sientes mal y piensas que es un simple resfriado: por favor, para que yo me sienta bien, ve al hospital a que te revisen”; “tu dieta no incluye, en mi opinión, suficiente proteína: por favor, para que yo me sienta bien, tómate estos sobrecitos que la contienen”. Obvio que surge la pregunta: ¿quién tiene que sentirse bien, el consolado o quien consuela?

6. Sugiero que desde ambas trincheras se haga un esfuerzo, y quien se preocupa por el ser amado le baje dos rayitas a su inquietud y que, con profundo respeto, ofrezca ayuda sin imponerla. Del otro lado también hay que dar un paso adelante y disminuir dos rayitas a su autonomía e independencia. No se puede rechazar de tajo la sugerencia de alguien que quiere lo mejor para mí, como tampoco exigir al otro lo que yo considero mejor para su salud. La tanatología, ciencia más del buen vivir que del buen morir, cada vez incorpora más a sus tareas el respeto y la consideración.

7. Cierre icónico. Si nunca es bueno presumir nuestros logros, todavía es más peligroso aducir una supuesta superioridad moral sobre adversarios y contrincantes. Y no solo porque nadie es perfecto, sino porque una de las especialidades de la política partidista es destacar desde errores hasta delitos de los opositores. En los últimos años se ha esgrimido, como un mantra ético, que la actual clase gobernante es moralmente superior a la oposición —y aquí caben todos los que piensan diferente—. Sus recurrentes escándalos de corrupción confirman lo contrario.

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