Marco Rubio volvió a señalar ayer al gobierno federal de México.
Desde Quito, dijo que la ofensiva contra los cárteles “no es ni de lejos suficiente”, que existen vastos territorios fuera del control del Estado y que “la cabeza de la serpiente” está en nuestro país.
Unas horas después, en Monterrey apareció una escena que protagonizó la Fiscalía de Nuevo León. Aseguró 17 vehículos de alta gama valuados entre $85 y $90 millones de pesos, 20 relojes de lujo, joyas, un arma y equipos de cómputo después de cateos en San Jerónimo y Valle San Ángel, en San Pedro Garza García.
No hubo helicópteros estadounidenses ni drones de la DEA.
Según el fiscal Javier Flores, todo comenzó con algo menos espectacular: una denuncia ciudadana por la presencia de hombres armados.
¿Cambia este tipo de casos el mensaje de ayer de Marco Rubio?
Veámoslo con lupa. La batalla contra el crimen organizado no siempre ocurre persiguiendo camionetas en una carretera.
También ocurre siguiendo dinero, propiedades, automóviles, computadoras y patrimonios cuya procedencia alguien tendrá que explicar.
Hasta ahora no sabemos si detrás de los bienes asegurados existe crimen organizado. Y por eso la Fiscalía no fabrica culpables “de oficio” para satisfacer titulares. Tiene que seguir la ruta del dinero.
Rubio tiene razón: el gobierno mexicano está lejos de haber derrotado a los cárteles.
La serpiente que describe Rubio no conoce fronteras. Su cabeza puede operar en México, pero se alimenta con consumidores estadounidenses, dólares estadounidenses y un mercado de armas que ilegalmente cruza la frontera al sur.
El decomiso de Monterrey no prueba que nuestras instituciones funcionen a la perfección. Sí demuestra que, cuando una denuncia se convierte en investigación patrimonial, cateo y aseguramiento multimillonario, el Estado todavía puede tocar uno de los nervios más sensibles del poder criminal: su dinero.
En adelante viene lo difícil. Asegurar Ferraris, relojes y computadoras no produce fotografías espectaculares.
Explicar de quién eran, de dónde salió el dinero, quién estaba detrás y hasta dónde conduce esa ruta patrimonial puede producir algo mucho más peligroso: nombres.
Y es que quizá, pero solamente quizá, el problema ya no sea descubrir dónde está la cabeza de la serpiente, sino quién se atreve a seguirla cuando empiece a serpentear.
