Blanqueo en Ámsterdam, lavado en NL
Sección Editorial
- Por: Eloy Garza
- 15 Septiembre 2026, 04:59
Viajo a Ámsterdam para estudiar empíricamente la mafia marroquí. O más bien la Mocro Mafia, como se le denomina allá.
Ámsterdam y Monterrey son metrópolis que tienen muy poco en común.
Una vive entre canales, bicicletas y escaparates; la otra, entre montañas y fábricas. Una mira al mar del Norte y la otra se ilusiona con viajar dominicalmente a McAllen o Laredo, Texas.
Pero hay algo que las acerca mucho más que la frivolidad de muchos de sus habitantes: las dos conocen ese momento en que el dinero del narcotráfico se limpia.
¿En qué sentido lo digo? Allá a eso se le conoce como blanqueo de capital. Aquí se conoce como lavado de dinero. El fondo es el mismo. La forma es distinta.
Lavar dinero no consiste solamente en esconder fajos de billetes. Es un proceso mucho más sofisticado del que se piensa.
El dinero que se obtiene de un cargamento de cocaína, metanfetaminas o fentanilo mañana puede aparecer convertido en un complejo inmobiliario, una empresa, un restaurante, una operación comercial o una inversión perfectamente presentable.
El lavado tiene éxito lo mismo en un cártel mexicano que en la Mocro Mafia cuando el dinero aprende a comportarse como si siempre hubiera sido legal.
Ámsterdam y Monterrey ofrecen dos versiones muy distintas de ese mismo fenómeno.
En los Países Bajos, el narcotráfico consiguió colarse en una de las economías más vigiladas del mundo.
Rotterdam, el mayor puerto de Europa, es entrada para el comercio internacional.
La cocaína que llega desde América Latina, las drogas sintéticas producidas en territorio neerlandés y las organizaciones criminales que participan en su distribución han creado una economía clandestina que convive con una sociedad rica, bancarizada y altamente regulada.
Mantengo la tesis de que cuanto más moderna es una economía, más medios inventa para perseguir el dinero criminal, pero también para levantar estructuras empresariales y financieras complejas en las que ese dinero puede intentar esconderse.
No se trata de delincuentes escondiendo dinero debajo de la almohada o metiéndolo en una maleta.
Se trata de capital que necesita circular, comprar, invertir y mezclarse con dinero legítimo.
En eso Ámsterdam empieza a parecerse, aunque sea de lejos, a Monterrey.
Esta ciudad del noreste de América tiene aquello que necesita cualquier dinero que pretende perder su pasado: una economía grande, dinámica y acostumbrada a mover cantidades enormes de capital. Aquí hay industria, construcción, bienes raíces, comercio, servicios, logística, importaciones, exportaciones y miles de empresas que todos los días compran, venden, facturan y transfieren recursos.
En una economía pequeña, una fortuna que aparece de la noche a la mañana puede llamar la atención. En una economía como la regiomontana puede confundirse con el entorno regio.
Creo que aquí estriba una paradoja: la fortaleza económica de Monterrey es una defensa frente al crimen, pero también es oportunidad para que el dinero criminal se mimetice con el dinero legítimo. Así de simple.
Pero ¿cuál es la diferencia entre Monterrey y Ámsterdam?
En los Países Bajos, tratan de impedir que una economía formalizada sea contaminada por capital criminal.
En México, el asunto está más enredado, porque el dinero ilícito pasa del efectivo a la economía informal, de ahí a empresas dizque legítimas, propiedades o actividades vulnerables y después regresa al sistema financiero.
Todo ocurre en medio de niveles de violencia mucho muy superiores a los de Europa occidental.
Dicho de otra manera, Ámsterdam intenta descubrir al dinero criminal de traje y corbata y Monterrey tiene que descubrirlo entre criminales disfrazados de arquitectos, agentes financieros y matones con AK-47.
México lleva años construyendo una maquinaria muy parchada y reparada para seguir esas huellas del narco. La Unidad de Inteligencia Financiera recibe millones de reportes de operaciones vulnerables; congela cuentas, integra expedientes y presenta denuncias ante la Fiscalía General de la República.
Pero una cosa es detectar movimientos sospechosos y otra conseguir una sentencia. En los tribunales de México andamos de la patada.
Una denuncia no significa que un fiscal pueda reconstruir ante un juez toda la ruta que siguieron los recursos hasta convertirse en patrimonio dizque limpio.
México congela cuentas como en los Países Bajos, asegura propiedades y persigue operaciones financieras, pero sigue enfrentando una brecha importante entre la enorme cantidad de información que produce el sistema financiero y la capacidad del Estado para transformar esa inteligencia en investigaciones, procesos judiciales, decomisos definitivos y sentencias.
Por eso, recomiendo estudiar el problema desde Monterrey.
Durante décadas aprendimos a reconocer al narcotráfico por sus manifestaciones más evidentes: convoyes, armas largas, casas de seguridad, ejecuciones y retenes clandestinos.
Pero, a mi juicio, el problema estriba en que el narcotráfico no siempre quiere parecer narcotráfico.
Al contrario, una vez que ha ganado, el dinero necesita quitarse de encima esa careta. Quiere comprar propiedades, abrir empresas, invertir, facturar, contratar profesionistas y sentarse junto al dinero legal hasta que resulte cada vez más difícil distinguir uno del otro.
El delincuente que realmente sabe lavar dinero no quiere vivir permanentemente fuera del sistema; quiere entrar y parecer uno más. Incluso quiere patrocinar campañas electorales. Ya se verá.
Compartir en: