1. Estoy leyendo De Senectute (Taurus, 2026), obra de mi profesor Norberto Bobbio (1909-2004), con quien tomé un curso sobre Antonio Gramsci —el autor que manejé en mi tesis de doctorado—, en la Universidad de Roma, allá por 1984. El título lo toma del tratado que en el año 44 escribió Cicerón, con esa rúbrica, pero, a diferencia del clásico orador romano, que hace una defensa retórica de la ancianidad como un tiempo de serenidad, sabiduría y dignidad, y del libro La vejez, de Simone de Beauvoir, escrito en tono reinvindicativo, el turinés ve este período…
2. … de la vida como abandono social, decadencia sistemática e invisibilidad. Así, a lo largo del texto, que recoge sus escritos biográficos, en especial los últimos, campea una suerte de abatimiento moderado, de desesperanza ante un mundo imposible de ser explicado y ya casi vivido. Inclusive, y contra lo que a mí me atrajo de Gramsci, se opone a la frase-consigna que me acercó al autor de los Cuadernos y las Cartas de la Cárcel, y que constituye su principal legado filosófico-político y norma de vida: “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”. Yo no me opongo.
3. La máxima gramsciana, propuesta en una época muy semejante a la nuestra, con populismos absolutistas y el encumbramiento de líderes como Mussolini y Hitler, propone ver la realidad con lucidez, tal cual es y sin encubrirla, pero actuando en ella sin resignaciones ni fatalismos. El pesimismo de la inteligencia nos impulsará a analizar, sin derrotismos, pero con realismo, las fuerzas que se oponen al cambio, lo poderoso de los intereses existentes, el recuento de los fracasos anteriores, la vitalidad de los actuales obstáculos, las probabilidades de éxito en los…
4. … proyectos acariciados. Esta inteligencia “pesimista” —no entendida la palabra como desmoralización— combate la ingenuidad y se permite dudar de las certezas asumidas por una colectividad cada vez menos crítica y más apegada a los dictados de las redes sociales. Al mismo tiempo, se combina con el “optimismo” de la voluntad, que significará la voluntad de actuar, organizarse y perseverar, enfrentando los obstáculos que aparezcan. Reconocer las dificultades, entonces, no nos llevará a la pasividad, sino que se convertirán en estímulo para la acción transformadora.
5. Así, mientras la inteligencia nos informa sobre lo espinoso de una determinada situación, la voluntad nos impulsará a cambiarla. Y es que condicionamientos históricos —una forma determinada de gobierno, por ejemplo— no determinan, por fuerza, una dirección ni un resultado. Lo que hoy prevalece no es eterno y durará mientras nosotros lo permitamos. Lejos, entonces, del fatalismo que encierra la frase “las cosas son así y no podemos hacer nada”, Gramsci propone transitar al “hay piedras en el camino, pero no tenemos por qué tropezarnos con ellas”.
6. No confundamos, entonces, dificultad con imposibilidad. Derrotado es el que no ha intentado, y quien falla ya dio un paso adelante. Habrá que levantarse y acometer de manera diferente el mismo objetivo. Termino citando a Bobbio, quien, no obstante “ver siempre el lado oscuro de las cosas” (p. 142), y confesándose agnóstico, postula sus virtudes laicales, que nos harían mucho bien en estos convulsos tiempos: “… el rigor crítico, la duda metódica, la moderación, el no prevaricar, la tolerancia, el respeto a las ideas ajenas: virtudes mundanas y civiles” (p. 133).
7. Cierre icónico. Si usted tiene visa para entrar a los EUA, siéntase afortunado, pues obtenerla no es un derecho, sino una cortesía que nos extiende el Tío Sam. De hecho, usted forma parte de solo el 10.3% de mexicanos que podemos disfrutarla, pues ese es el porcentaje —según la Cancillería— de quienes tenemos pasaporte vigente, condición indispensable para obtenerla. Esto significa que 120 millones de compatriotas no la detentan. Pero si se la niegan o quitan, el hecho representa un “ataque a la soberanía nacional”. Pesada losa sobre sus espaldas.
