1. Terminado el vendaval mundialista, se impone una reflexión sobre las luces y las sombras del evento. La prolongada pausa tendrá sentido si le sacamos provecho, si no se reduce a una borrachera con posterior resaca, no restauradora sino estéril en sus frutos. Fue una gratificante experiencia desde varios ángulos, y es justo reconocerlos y valorarlos, pero también necesitamos reconocer el protagonismo de varias falencias que, de no ser resueltas en los próximos cuatro años —y no creo que la FIFA tenga la intención de hacerlo—, volverán a aparecer, quizá con mayor impacto.
2. La magia del balompié se impone sobre la belleza de otros deportes, por lo que una Copa del Mundo supera en audiencia a los Juegos Olímpicos. Esta vez no fue la excepción. Estadios llenos, no obstante el precio de los boletos; igual asistencia en los llamados Fan Fest; millones de telespectadores en la final —alrededor de 1,500 millones en el mundo— hablan de su alcance. Para quienes nos gusta el futbol, nada hay que objetar a la calidad de la Semifinal, la Final y muchos partidos. No siempre quien juega mejor es el campeón, y en este caso sí sucedió. Bien por España.
3. Se ha dicho que también el saldo es positivo en lo concerniente a la dinámica social, sobre todo en nuestro país. Nos olvidamos por unos días, se insiste, de la polarización reinante, de las diferencias sociales, de la violencia y la corrupción, y lo mismo imaginamos un milagro con nuestra selección —¿y si sí?— que nos sentimos parte de una nación unida y solidaria. Contrastan este júbilo compartido, esta esperanza recuperada, la concordia y la convergencia logradas con el clima de resignación que permea al considerar nuestros males sociales como permanentes, eternos.
4. Pero no faltaron los prietitos en el arroz, y en la lista de malvados aparece en primer lugar la FIFA, con Infantino a la cabeza —su abyecto servilismo alcanzó grados inmensos de patetismo en las escenas de la premiación, cuando España levantaba la copa—: medró con la reventa de boletos, no pagó impuestos en México, impuso la pausa de hidratación-comercialización, infringió reglamentos por condescender con Trump y, fiel a su corrupta tradición, ha seguido los pasos de los cuestionados João Havelange (1974-1998) y Joseph Blatter (1998-2015).
5. La actitud de los futbolistas argentinos supera lo meramente futbolístico y exhibe la gran dificultad para embonar la calidad y el talento en una disciplina —como inobjetablemente poseen Messi, el portero y demás— con la calidad humana, la “educación”, decíamos antes. Lo peor de no saber perder es no saber ganar, y estos profesionales han demostrado su dificultad con el manejo de la derrota hoy y de la victoria hace cuatro años. En Nueva York dieron la espalda al reconocimiento otorgado a los españoles. En Qatar festejaron con gestos obscenos.
6. Un amigo sacerdote, norteamericano y enemigo del futbol, dice que los fans futboleros hemos cambiado el lema nacional de EUA “In God We Trust” (“En Dios confiamos”), por “In Gol We Trust”, exaltando a la penetración que sufre una portería durante el partido. Le respondí que, más bien, le recrimine a Infantino la mutación, pues él convirtió su divisa en “In Gold We Trust” (“En el oro, en el dinero, confiamos”). Más allá de estos juegos semánticos, habrá que ver si la euforia futbolera logra que, en verdad, seamos un país más unido y solidario, más sano.
7. Cierre icónico. Yo también creo que fue un acierto diplomático que la presidenta haya ido a la final de la copa FIFA en Nueva York. Lo del avión es lo de menos, y las fotos junto al insufrible Trump también. Lo difícil para ella será explicarles a los seguidores de la 4T su cambio declarativo. Todos recordamos que, para justificar su ausencia en la inauguración, declaró: “Nosotros no necesitamos codearnos arriba”. Le hubiera bastado afirmar que ninguno de los tres líderes regionales asistió al primer partido del Mundial en su respectivo país o, ¿ahora sí se codea arriba?
