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Opinión

Resurrección

El Purgatorio de @elcabritomayor

En tiempos donde la magia de la naturaleza humana, traducida en la empatía y la bondad hacia nuestros semejantes, se confronta ante la cruenta realidad de nuestros días, que viene acompañada de discursos, cifras maquilladas, verdades a medias y mentiras completas, hablar de resurrección no es un ejercicio meramente religioso anclado al pasado, sino una urgente y apremiante necesidad del presente. 

Y es que la resurrección de Jesucristo, estimado lector, más allá del símbolo litúrgico, es hoy una metáfora viva, donde la posibilidad de que lo que parece yacer sin vida (el honor, la honra, la ética, la verdad y la justicia, entre muchas cosas más) pueda levantarse nuevamente como un verdadero y auténtico milagro entre nosotros.

Y es que, considerando nuestra realidad actual, vivimos una era donde la mentira ha dejado de ser excepción para convertirse en la regla. La farsa se institucionaliza, la simulación se premia y la deshonestidad se normaliza. La política, que debería ser instrumento al servicio de todos y sin distingo, se ha degradado en demasiados casos a un campo de confrontación estéril, donde los intereses partidistas pesan más que el bien común. Y en ese terreno fértil para la descomposición germinan el chantaje, la corrupción y la impunidad.

Pero hay algo aún más profundo que lacera el tejido social: la violencia que se multiplica en las calles, el crimen organizado que arrebata vidas y destinos, las drogas que consumen no solo cuerpos, sino futuros enteros. Cada uno de estos males es, en esencia, una manifestación de una sociedad que ha permitido que sus valores fundamentales se desvanezcan.

Por eso, hablar hoy de resurrección implica algo más que recordar un pasaje bíblico. Implica preguntarnos si somos capaces de reconstruir desde dentro aquello que hemos dejado caer. Resucitar la verdad como principio irrenunciable. Resucitar la honestidad como norma, no como excepción. Resucitar el respeto, la empatía y la solidaridad, esos valores que no cotizan en bolsa, sino que se generan en la familia y que sostienen la posibilidad misma de convivir en paz.

La resurrección que necesitamos no vendrá de decretos ni de discursos grandilocuentes. Nace en lo individual, se fortalece en lo colectivo y se refleja en lo público. Está en el funcionario que decide no mentir, en el ciudadano que se niega a corromper, en la comunidad que se organiza para reconstruir lo que la violencia destruye.

Y, en mi opinión, estimado lector, es ahí donde radica la vigencia de este glorioso mensaje celestial: la resurrección no es un milagro lejano, es una decisión cotidiana. Es elegir la crudeza de la verdad cuando la engañosa y mañosa mentira resulta ser más cómoda. Es optar por la conciencia de la autenticidad, la verdad y la justicia cuando la impunidad, la falsedad y la mentira parecen más rentables.

Porque, al final, estimado lector, el verdadero significado de la resurrección de Jesucristo no está solo en vencer a la muerte, sino en recordarnos que, incluso en los momentos más oscuros, siempre existe la posibilidad de volver a empezar. Y tal vez, solo tal vez, el mayor acto de fe que hoy podemos hacer como sociedad es atrevernos a resucitar en el amor, la bondad y la empatía hacia nuestros semejantes; es decir, mostrar, practicar y ejercer lo mejor de lo que somos por naturaleza propia que nace del amor auténtico y verdadero, ese que, por gracia de Dios, nos ha obsequiado la vida.

Por hoy es todo. Medite lo que le platico, estimado lector. Esperando que el de hoy sea un reflexivo inicio de semana, por favor cuídese y ame a los suyos. Me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco, con sus hermosas palabras: “Tengan la bondad de ser felices”. Nos leemos, Dios mediante, aquí el próximo lunes.

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