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Opinión

Argentina no se muere

Comentarista de Azteca Deportes

A Argentina la puedes golpear.

La puedes arrinconar.

Le puede pasar por encima una locomotora.

Una aplanadora.

Puedes dejarla sin aire y hacerle creer al mundo que esta vez sí llegó el final.

Pero Argentina no se muere.

Porque hay selecciones que juegan al fútbol.

Y hay países que respiran fútbol.

Roberto Fontanarrosa decía que, si la vida tuviera música de fondo, la suya sería la transmisión de un partido. No una sinfonía. No un concierto. La voz de un relator cantando un gol.

Ahí está la clave.

En Argentina el fútbol no ocupa un espacio en la cultura.

Es la cultura.

Viaja en los cafés de Buenos Aires, en las paredes despintadas de Rosario, en los potreros, en los libros de Soriano, en los cuentos de Fontanarrosa, en las preguntas de Sacheri. Se hereda como un apellido. Se aprende antes que el abecedario.

Por eso este equipo parece inmune a la derrota.

No porque nunca pierda.

Sino porque jamás acepta el veredicto mientras quede un segundo por jugar.

Eduardo Sacheri escribió que un hombre puede cambiar de cara, de casa, de familia, de religión… pero hay una cosa que no puede cambiar: su pasión.

Y la pasión argentina tiene una obstinación extraordinaria.

No negocia.

No capitula.

No firma rendiciones.

Quizá por eso sus partidos se parecen tanto a una novela de Julio Cortázar. Cuando parece que la historia terminó, siempre aparece otra casilla. Otro capítulo. Otro salto. Otra rayuela por recorrer.

Con Argentina nunca existe la última página.

Siempre queda una línea más.

Messi entendió esa herencia hace mucho tiempo.

No recibió únicamente el número diez.

Recibió una manera de competir.

La obligación silenciosa de seguir respirando cuando todos los demás creen que ya no queda aire.

Eso explica por qué Argentina sigue apareciendo en las grandes citas.

No siempre juega mejor.

No siempre domina.

No siempre convence.

Pero siempre encuentra una grieta por donde regresar al partido.

Hay equipos que ganan por superioridad.

Otros por talento.

Argentina, muchas veces, gana por persistencia.

Porque nunca deja de creer que el siguiente minuto puede cambiar la historia.

Puedes vencerla.

Puedes hacerla sufrir.

Puedes empujarla hasta el borde del precipicio.

Pero hay una diferencia enorme entre derrotar a Argentina… y convencerla de que está muerta.

Y esa batalla, la más importante de todas, casi nadie ha logrado ganarla.

Creo que esta versión tiene un cierre todavía más poderoso porque no habla de una selección invencible, sino de una identidad: la de un país cuya mayor virtud futbolística no es el talento, sino la negativa permanente a darse por vencido.

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