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Opinión

Cada chango a su mecate…

El Purgatorio de @elcabritomayor

En tanto que, a nivel mundial, los líderes de todos los países andan como gallinas descabezadas, porque uno de ellos casi se quiere autoproclamar como el presidente del universo, en nuestro territorio prevalece la incertidumbre de saber cómo vendrán las arteras embestidas después de que se “maduró” lo de Maduro, y nuestros políticos locales patalean y se dan jaloneos con el despropósito del presupuesto, el que esto escribe, estimado lector, ha tomado la decisión, una vez más, de no hablar de política y, tomando el (mal) “ejemplo” de todos esos líderes, he decidido darle fuerza a la sabia y erudita frase que dice: “cada chango a su mecate”.

Y no es porque no nos interese el orden mundial, regional o más cercano; pero visto está que todos estos líderes se han trepado a su particular “mecate” de interés para llevar su estelar actuar al ámbito de sus conveniencias.

Y como cada “chango se ha trepado a su mecate”, pues yo también me trepo al mío, estimado lector, y hoy quiero compartirle que, aunque se me hacen pocos los años que han pasado, el sábado pasado hice 50 años de que me “envenené”, con harta pasión, del mundo de la fiesta de los toros. Fue, por describirlo en el lenguaje del romanticismo, “amor a primera vista”.

En 1976, doña María de Jesús Chávez de Torres Martínez, dama voluntaria —como mi madre— del Instituto de Protección a la Infancia de aquel tiempo, hoy conocido como el DIF, invitó a la creadora de mis días a un festival taurino en el que iba a participar su esposo, el profesor Ricardo Torres Martínez, secretario de Educación y Cultura en el estado. El evento, en el que participaron también el rejoneador Felipe Zambrano y el cronista taurino Antonio Córdova, era a beneficio de la familia de un reconocido periodista deportivo, recientemente fallecido en aquel tiempo: Ramón Oviedo Martínez.

Siendo yo apenas un niño de 10 años, de aquellos tiempos ingenuos, inocentes e infantiles —y no como los adelantados niños de hoy, que casi son adolescentes—, recuerdo llegar de la mano de mi madre a la “Monumental” para sumergirme en un mundo, para mí desconocido, ilusionante y mágico, que me atrapó al instante: con su parafernalia y ambiente de fiesta desde la calle; con la música apasionada de sus pasodobles; con la identidad cultural de una afición alegre y atiborrada en los tendidos del embudo; y con la gallardía, el arte, la pasión y la gloria que aquella tarde-noche emanaron desde la arena del redondel.

“Envenenado” quedé y recuerdo tomar el pasamanos de las escalinatas que nos conducirían hacia afuera del recinto, para mí ya en ese momento, “templo”, con la firme idea en el alma, el corazón y en todo mi ser de ser torero. Pasó el tiempo, junto con tantas tarugadas que hice y que tantas mortificaciones provocaron en la vida de mis padres, porque sí, lo intenté de verdad, pero más que valor de ponerme delante de las reses, lo que me faltó fue dinero para comprarlas.

“Uno no es lo que quiere, sino lo que te dejan ser”, se dice, pero lo cierto es que, para ser un torero de verdad, se requieren tantas, pero tantas cosas, que es más fácil ser presidente de un país que figura cumbre del toreo. Y es que alrededor de esta profesión habitan tantos factores humanos que domeñan la intención, como, por ejemplo, subsistir: una ineludible prioridad que, con la edad, te hace abandonar tus sueños.

Pero “el veneno” ahí sigue, prevalece y ha estado en mí durante los últimos cincuenta años; conforme se han venido presentando las etapas en este camino llamado vida, progresivamente ha ido modificando su presencia, adecuándose a la madurez física de la edad, que te hace “lidiar los toritos chungos de la vida” desde otra trinchera.

Agradezco a Dios por estos cincuenta años de pasión torera; a mis padres, por haberme dado el amor y la vida; a mis amigos, por vestirla de alegría; y a los que no lo son, por haberme hecho madurar, aunque no lo parezca. Todas aquellas personas que han marcado mi vida están en mi corazón, como este bendito “veneno” que me ha vestido la vida.

“Toreando” las embestidas de la vida, hoy lidiamos en armonía con las emociones y los sentimientos y, en conjunción con el actuar de nuestro quehacer, la gran faena que debemos bordar en beneficio propio, de nuestro entorno y de nuestra comunidad. Por ello, ojalá, estimado lector, que la clase política entendiera un poco de toros, de toreros, de valor, de valores, de cultura, de arte, de tradiciones, de identidad y de auténtico nacionalismo, porque pienso que solo así tendríamos menos líderes “changos” trepados en sus mecates.

Por hoy es todo, medite lo que le platico, estimado lector. Esperando que el de hoy sea un reflexivo inicio de semana, por favor cuídese y ame a los suyos. Me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco, con sus hermosas palabras: “Tengan la bondad de ser felices”. Nos leemos, Dios mediante, aquí el próximo lunes.

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