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Opinión

Días santos

El Purgatorio de @elcabritomayor

Mientras nos acercamos a la Semana Santa, estimado lector, el tiempo avanza en medio de un planeta fracturado, donde, desde los últimos meses, ha habido de todo “como en botica”: conflictos abiertos, tensiones latentes, nula diplomacia y una geopolítica que se ha vuelto un juego de ping-pong a las pedradas. 

Y aquí, desde un poquito más cerquita, al inicio de año, Venezuela, el operativo contra “El Mencho”, los “narcobloqueos”, la agobiante crisis de Cuba, el reacomodo de poder latinoamericano, pasando por las no muy añejas amenazas sobre Groenlandia, convertida en pieza estratégica del nuevo orden mundial, hasta una Unión Europea desunida y fragmentada, conforman el serio horizonte por el que navegaremos en los próximos días santos.

El panorama está que arde, pues, en medio de los conflictos activos por todas partes del mundo, éstos indican la poca prudencia humanitaria de los líderes mundiales, que han hecho de la violencia su mejor instrumento político para hacerse de más poder. 

Y mientras afuera los conflictos no tienen para cuándo parar, en México, hay que reconocerlo, también hay guerra, solo que sin declaratoria oficial. Y la muestra está en las cifras de desaparecidos que “se ajustaron” (por no decir, se redujeron) desde un escritorio, abriendo una herida aún más profunda entre la narrativa gubernamental y la realidad de miles de familias, pues mientras el gobierno sostiene que el número ronda los 43,000 casos con evidencia sólida, colectivos y víctimas denuncian que la cifra real supera los 130,000 y que reducirla es, en el fondo, un deleznable acto de simulación. 

Frente a esto, vivimos una contradicción dolorosa, pues mientras las estadísticas buscan orden frente a una realidad que expresa de manera alarmante su desorden, madres buscadoras que no necesitan cifras, porque su verdad tiene un nombre, un rostro y una agobiante ausencia. Y en medio de todo este escenario llegará la Semana Santa, manchada de sangre, maldad y mentiras.

Para muchos, se ha convertido en temporada vacacional, en éxodo hacia playas, en consumo, en distracción. La cruz sustituida por la reservación; el silencio, por el bullicio; la introspección, por la prisa. La espiritualidad desplazada por la logística del merecido descanso; sin embargo, el sentido profundo de estos días, aunque olvidado, debe de seguir intacto.

Y es que la Semana Santa no es un paradero turístico en el camino de nuestras vidas, es una pausa moral y recordatorio de que el dolor, la injusticia y la traición no son el final de la historia. Que la caída no es definitiva. Que incluso en el momento más oscuro, cuando todo parece perdido, existe la posibilidad de la redención y ese es el mensaje que hoy, más que nunca, necesita una sociedad saturada de violencia, de indiferencia y de ruido.

Y es que, si algo comparten el mundo de la guerra, el México de los desaparecidos y la humanidad entera, es la sensación de que hemos perdido el rumbo y, en estos días, más que vacacionar, debemos reflexionar, porque los Días Santos nos invitan a detenernos, a mirar hacia adentro, a preguntarnos a nosotros mismos en qué momento normalizamos lo inaceptable, en qué punto dejamos de indignarnos, en qué momento la tragedia ajena nos dejó de doler.

Esta Semana Santa, estimado lector, nos invita a recordar que la fe, no necesariamente religiosa, pero sí profundamente humana, sigue siendo parte de nuestra naturaleza y, como tal, es el último refugio de los seres humanos, pues de su mano sabemos que las cosas pueden cambiar para bien porque, siendo sensatos, aunque los conflictos no son eternos, nadie al final gana con ellos.

Vivamos, pues, esta Semana Santa la fe de la resurrección, que es la esencia misma de estos días santos, creer con harta fe, incluso cuando todo parece indicar lo contrario, pues en medio del caos global y la incertidumbre nacional, nuestro más caro anhelo es que pronto experimentemos la resurrección de vivir la vida nuevamente a plenitud en cualquier rinconcito de este mundo. ¡Que así sea!

Por hoy es todo. Medite lo que le platico, estimado lector. Esperando que el de hoy sea un reflexivo inicio de semana, por favor cuídese y ame a los suyos. Me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco, con sus hermosas palabras: “Tengan la bondad de ser felices”. Nos leemos, Dios mediante, aquí el próximo lunes.

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