Opinión

¿Caerán las viejas dinastías del poder en Nuevo León ante el nuevo golpe de la paridad de género?

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 11 Mayo 2026, 04:59

A veces, detrás de un término jurídico, de una frase aparentemente burocrática emitida por un tribunal electoral, se esconde una revolución silenciosa contra las viejas dinastías del poder.

Eso acaba de ocurrir en Guadalajara y su movimiento tectónico legal puede llegar a Nuevo León. 

Te lo explico. La Sala Regional del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación confirmó los lineamientos del Instituto Electoral de Jalisco y obligó a ocho municipios —entre ellos Zapopan— a postular exclusivamente mujeres para las alcaldías de 2027. Pero subrayo lo vital: el tribunal dejó claro que no se trata únicamente de cumplir cuotas. Se trata de intervenir directamente en la distribución real del poder.

Porque durante años los partidos aprendieron a simular la paridad.

Cumplían el porcentaje global de candidaturas femeninas, pero reservaban los municipios importantes para hombres. Las mujeres eran enviadas a plazas perdidas, distritos imposibles o municipios marginales. La igualdad existía en la estadística, pero no en la estructura del poder.

La resolución de Jalisco rompe precisamente con esa simulación, esa apariencia de redistribución del poder. 

Y eso tiene implicaciones enormes para Nuevo León.

Porque, si este criterio jurisprudencial se replica en la Sala Regional de Monterrey o en el IEEPCNL, la paridad dejaría de ser un trámite administrativo para convertirse en una amenaza directa contra algunos de los bastiones políticos más sólidos del estado. Golpearía directamente a los intereses patrimonialistas, que son una de las caras de la corrupción. 

Y te cuento lo más trepidante: la política regiomontana, que suele presentarse como moderna, empresarial y eficiente, conserva todavía mecanismos de sucesión profundamente tradicionales. Me atrevo incluso a definirlos como herencias machistas. 

¿Por qué nunca una mujer? No es que no existan perfiles femeninos competitivos, sino que las estructuras partidistas siguen operando bajo una lógica patrimonialista. Así de simple. 

Estos municipios funcionan como zonas de continuidad política, administrativa y económica que deben preservarse dentro de ciertos círculos de la realpolitik local.

La paridad sustantiva apunta directamente contra esos males. 

Porque obliga a abrir el sistema.

¿Un ejemplo entre muchos? San Nicolás de los Garza. Quizá uno de los bastiones históricos del PAN mexicano. 

Un municipio con más de 400,000 habitantes, alta densidad urbana, enorme peso industrial y redes territoriales construidas durante décadas.

Allí las sucesiones han sido predominantemente masculinas.

Daniel Carrillo fue reelecto en 2024 en una elección relativamente cerrada. Pero, más allá del resultado electoral, lo relevante es observar cómo el PAN nicolaíta ha construido una cultura política donde la candidatura masculina sigue siendo vista como la opción “natural” para competir. 

¿Podría esto cambiar abruptamente? Pienso que sí. 

El fallo de Guadalajara introduce una lógica digna que he analizado a fondo. 

Ya no basta con demostrar que postulas mujeres. Ahora tendrías que explicar por qué no las postulaste precisamente en los municipios donde realmente se concentra el poder.

Y ahí es donde comienza el verdadero sacudimiento de las viejas estructuras. 

Durante décadas, la política municipal en Nuevo León funcionó mediante dinastías informales, redes empresariales, liderazgos territoriales masculinos y mecanismos de herencia política no escritos. En muchos municipios metropolitanos, el relevo no se definía únicamente por competencia democrática, sino por acuerdos internos entre grupos de poder.

La paridad sustantiva altera esa lógica porque introduce un actor externo: los tribunales.

Dicho de otro modo, la sucesión ya no dependería solamente de las cúpulas partidistas. También dependería de criterios constitucionales de igualdad material, por lo que cambia completamente el tablero de juego.

Porque una cosa es aceptar candidaturas femeninas en municipios pequeños. Otra muy distinta es abrir alcaldías multimillonarias con control territorial, contratos públicos, estructuras clientelares y capacidad de proyección rumbo a la gubernatura.

Ahí comienza la resistencia real. De hecho, ya se emiten señales.

En 2025, el Instituto Estatal Electoral de Nuevo León rechazó propuestas más agresivas de acciones afirmativas argumentando que correspondían al Congreso local. Es decir: todavía existe cautela institucional frente a la posibilidad de imponer criterios más duros en municipios estratégicos.

Pero el precedente jalisciense modifica la conversación pública.

Los estudios del INE, INMUJERES y diversas organizaciones muestran algo consistente: cuando las mujeres llegan a gobiernos municipales grandes, las prioridades presupuestales suelen desplazarse.

Aparecen con más fuerza temas como movilidad, cuidados, guarderías, transporte, seguridad cotidiana y violencia de género.

No necesariamente porque las mujeres gobiernen “mejor” por definición —ese sería un argumento simplista—, sino porque introducen agendas distintas dentro de estructuras históricamente masculinas.

Y eso también explica parte de la resistencia de las élites de poder locales. Porque las alcaldías de Nuevo León no son solamente espacios administrativos; son centros de distribución de contratos, obra pública, influencia y construcción de futuros liderazgos estatales.

Perder el control de esos municipios implica perder capacidad de negociación política.

Por eso, el fallo de Guadalajara puede convertirse en algo mucho más profundo que una resolución electoral regional.

Puede transformarse en el inicio de una reconfiguración del poder local en el norte del país.

Y quizá lo más destacable sea esto: los partidos mexicanos llevan años defendiendo discursivamente la igualdad de género, siempre y cuando no afecte sus territorios estratégicos.

La verdadera prueba comienza cuando la igualdad toca los espacios donde sí existe poder real.

Porque una cosa es la paridad en el papel y otra la paridad cuando amenaza apellidos, dinastías y mecanismos históricos de sucesión.

Y es que quizá, pero solamente quizá, el debate ya no sea si México acepta la igualdad política de las mujeres.

La verdadera discusión es si las élites partidistas están dispuestas a compartir el poder que durante décadas controlaron los mismos grupos de siempre.

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