Creemos que el modelo a seguir para la elección a gobernador de Nuevo León en 2027 es el Brasil de Lula. Nada más falso.
Todos quieren imitar cómo remontó Lula, sobre todo en redes sociales.
Sin embargo, Serbia nos brindará un modelo más apto para el proceso comicial de 2027: el que menos esperas puede ganar.
Hace apenas unos días, en Serbia ocurrió algo que casi ningún analista político anticipó. Un movimiento estudiantil, deliberadamente sin líderes formales, derrotó en las urnas al régimen de Aleksandar Vučić, que llevaba más de una década dominando todo el país. El vuelco fue estrepitoso.
Vučić controlaba los recursos, el acceso a las élites y, sobre todo, los órganos electorales que estaban evidentemente corrompidos.
Ahora, en México, 10 de 17 OPL —es decir, Organismos Públicos Locales Electorales— son las autoridades autónomas en cada estado encargadas de organizar las elecciones locales en coordinación con el INE.
En Serbia, la Student List obtuvo contra todo pronóstico alrededor del 53 % de los votos y mayoría absoluta en el parlamento.
Vučić, el fuerte, el invencible, el que parecía ganar sin inmutarse, el que controlaba el aparato, las instituciones y buena parte de los medios, tuvo que reconocer su derrota la misma noche de la elección. Claro está, inició de inmediato un control de daños y se está reinventando.
Pero, como escribió Aleks Matković en un artículo para The Guardian, se trató de “una revolución sin líderes” que “barrió Serbia y ya nada será igual”.
Durante casi dos años los estudiantes debatieron casi todos los aspectos de la economía y la sociedad serbias —desde la salud hasta la educación—, a veces durante horas y horas, sin celulares ni aparatos digitales. Eran como charlas al calor de una fogata.
Luego llegó la organización. La victoria surgió, según Aleks Matković, tras “una cultura política novedosa: un movimiento sin líderes, algo no visto en la arena política serbia desde el colapso de Yugoslavia”.
Lo que el pueblo eligió “no fue otro partido, sino una lista de 250 candidatos, 134 de los cuales tienen doctorado y 44% son mujeres”.
Matković reconoce que no se debe idealizar la victoria: la lista reúne bloques ideológicamente opuestos y ahora enfrenta el reto de gobernar sin la estructura tradicional de un partido.
Pero el hecho es que un actor que hace poco tiempo parecía marginal derrotó a un régimen consolidado.
Julian Assange dijo hace más de una década que Serbia era “un país donde el futuro ocurre primero”. En esta ocasión, el futuro llegó en forma de sorpresa electoral.
¿El futuro después llegará en forma de elección intermedia a los 17 estados hoy dominados —aparentemente— por la Cuarta Transformación?
Ese episodio sirve de recordatorio. Son 17 entidades, decía yo, donde se renovará el Ejecutivo estatal el 6 de junio del próximo año.
El mapa partidista actual favorece a Morena en la mayoría de esos estados, y las encuestas de hoy apuntan en esa dirección en muchos de ellos.
Sin embargo, la experiencia serbia —y la propia historia electoral mexicana de la que el recién fallecido Cuauhtémoc Cárdenas fue pionero— demuestra que las preferencias medidas con meses de anticipación no son para nada definitivas.
El electorado puede reconfigurarse con rapidez si se acumulan agravios o cuando aparecen actores que canalizan un descontento que los partidos tradicionales no logran representar.
Nuevo León puede volverse el ejemplo más claro de esa incertidumbre dentro del país.
La entidad que hoy gobierna Samuel García (Movimiento Ciudadano) se perfila como una de las contiendas más abiertas y disputadas del proceso.
Ningún partido supera holgadamente el 30% en los escenarios más recientes, y el voto se fragmenta.
La historia reciente del estado ya demostró que las coaliciones y las transferencias de votos pueden alterar resultados que parecían predecibles.
Obviamente, lo que ocurre en Serbia no es un modelo exportable de manera mecánica. Allá el movimiento estudiantil se organizó mediante asambleas.
En México, los partidos siguen siendo los vehículos principales de competencia. No obstante, la lección de fondo es la misma: el hartazgo acumulado y la capacidad de un actor de presentarse como alternativa creíble pueden producir sorpresas. O asombros, que era una palabra más del gusto del filósofo Karl Jaspers (léanlo, se los recomiendo).
En varios estados de 2027 existen condiciones para esto que comento: desgaste de gobiernos municipales, divisiones internas y electorados que han mostrado mayor volatilidad de lo que se calcula.
En Serbia, Vučić conservó un aparato poderoso y un respaldo real; aun así, perdió.
Y como advierte Matković, “perder las elecciones no significa necesariamente perder el sistema”, y la concesión de la derrota puede ser también un movimiento estratégico. El tiempo lo dirá.
En México, los partidos en el poder enfrentan el costo del ejercicio gubernamental y la competencia de opositores que pueden capitalizar el voto de castigo contra el centralismo siempre canalla.
La tentación de dar por cerrado el mapa de 2027 es comprensible. Los números de hoy son la base del análisis. No hay otros.
Pero la política es aritmética de encuestas, tanto como es acumulación de agravios y, a veces, el surgimiento de fuerzas que los partidos establecidos no logran anticipar.
Serbia, más incluso que el Brasil de Lula, decía yo, acaba de recordarnos a los regiomontanos que el resultado más improbable puede materializarse cuando el electorado decide que lo establecido ya no le sirve.
Quien menos te esperes, puede ganar.
