Este fin de semana, leemos del libro de profeta Isaías cómo Dios siempre quiere el bien de su pueblo, y es algo que deben de tener muy claro todos aquellos que ejercen algún tipo de autoridad sobre los demás, están llamados a ser padres y guías para los demás, a imagen de Dios. Pablo, en su carta a los romanos, nos ubica y centra en ser agradecidos siempre con Dios, que nunca perdamos el sentido de admiración y alabanza que le debemos dar. Pedro, en el evangelio, hace dos confesiones que nos ayudan a enfocar nuestra oración y el sentido espiritual de nuestra vida cristiana, Jesús es el Mesías y Jesús es el Hijo de Dios. Este evangelio nos ayuda a comprender la divinidad de Jesús, una verdad fundamental de nuestra fe. En el Credo que rezamos cada domingo afirmamos la divinidad de Jesús: “Creo en Jesucristo Hijo único de Dios. Nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios luz de luz”. Es necesario que reflexionemos y ayudemos a las personas a descubrir la maravilla del plan divino y la profundidad de la encarnación. Dios, en su inmenso amor, quiso hacerse uno como nosotros, para llevarnos al Padre. Haremos mucho bien mostrando a Jesús, que es el Hijo de Dios que vino a la tierra para salvarnos y reconciliarnos con el Padre. Mostremos que Él es la revelación del Padre y que en Él tenemos acceso al cielo, a la vida eterna. Esta es la esperanza que vence cualquier pena y desafío de la vida.
Cuando decimos que Jesús ha de ser el centro de nuestra vida, significa que Él, Dios hecho hombre por nuestro amor, debe ser el único Señor que reine en nuestro corazón. Debe de ser el interés y el amor más importante, el primer valor en absoluto en nuestra jerarquía de valores. En otras palabras, significa que hemos de vivir centrados en Jesús, no descentrados o divididos con dos centros, intentando servir a dos señores.
El ideal de una vida centrada en Jesús es poder exclamar como Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Jesús quien vive en mí”; “para mí la vida es Jesús, y la muerte, una ganancia”. Ya no soy yo quien cuenta, sino sólo su amor; y por ese amor los ideales que mueven mi vida son sus intereses, los demás, los necesitados, la Iglesia. El corazón de Jesús es el corazón de Pablo, y viceversa. Ya no son dos corazones sino uno solo. Ya no es Saulo de Tarso sino “apóstol de Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Jesús nuestra esperanza”.
Una vida centrada en Jesús presupone la experiencia personal de Jesús, fruto de la convivencia frecuente con Él. “Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. No se puede entender la vida de Pablo sin ese primer encuentro con Jesús resucitado camino de Damasco. Sólo cuando se encontró con Él e hizo la experiencia de su amor, cambiaron por completo sus esquemas mentales, su jerarquía de valores, su vida entera. Esa fue también la experiencia de cada uno de los apóstoles. Cada uno tuvo un encuentro personal con Jesús, y a cada uno Él lo llamó por su nombre. Para los apóstoles era muy claro que no estaban siguiendo una teoría, y ni siquiera una doctrina, sino la Persona viva de Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre.
Y esta es igualmente nuestra propia experiencia, pues, “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, decía el papa Benedicto. También nosotros nos encontramos un día con Jesús, y pudimos reconocerlo y experimentar la insondable belleza de su amor, gracias al don de la fe que Él mismo nos regaló por el bautismo. Hemos experimentado el amor personal de Dios porque Jesús nos lo ha revelado; y Él mismo se nos ha revelado, se ha acercado a nosotros, inclinándose hacia nuestra pequeñez para escucharnos, consolarnos, llevarnos de la mano. Lo hemos experimentado personalmente en nuestra vida, no a través de libros ni de oídas, sino como fruto del trato frecuente con Él.
Jesús se convierte de verdad en el centro de nuestro corazón cuando existe una decisión de ser hombres de oración, y cuando dejamos que Él forje nuestro corazón en la Eucaristía. Somos conscientes de que el trato frecuente con Él, en la Eucaristía, transforma profundamente nuestras vidas. Como leemos en el evangelio de hoy Pedro quedó transformado con esta confesión con este encuentro que tuvo con Jesús de corazón a corazón. El tener todos los días algunos momentos para estar a solas con Él en la oración o delante del Sagrario, cuando pasamos por una Iglesia o ante una capilla, nos va haciendo descubrir que Él es amor y que nos revela el amor de Dios. Vamos teniendo la experiencia de como ese amor que puede parecer abstracto, teórico, se convierte en lo más real de nuestras vidas precisamente allí, en el contacto de corazón a corazón con Jesús; y se convierte en un bálsamo para las heridas, en agua en medio del desierto árido y extenuante, en calor cuando el corazón se quiere endurecer por la frialdad.
Hagamos la experiencia de Pedro, la experiencia de abrirnos de corazón delante del corazón de Jesús, no hemos de temer las dificultades o tentaciones, porque nada de eso nos puede separar de Jesús. Lo único que nos puede separar de Él somos nosotros mismos, cuando voluntariamente nos entregamos a otras cosas. A eso sí le debemos tener miedo. Nuestro único temor es perderle a Él. El es el único necesario. Quien tiene a Jesús, lo tiene todo; quien pierde a Jesús, lo pierde todo. Incluso si le somos infieles, Él es fiel, Él vuelve a buscarnos para tendernos la mano y recibirnos de nuevo con el abrazo de su perdón. “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” Y así podemos caminar siempre con una seguridad llena de fe y de confianza.
Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.
