Más de 50,000 personas no se levantan una mañana, hacen una maleta y deciden, al mismo tiempo, lanzarse sobre una frontera internacional.
No ocurre así.
Por eso, lo que pasó en Ceuta, territorio español ubicado al norte de África, en frontera con Marruecos, no puede entenderse como un fenómeno espontáneo, derivado solo de la necesidad económica de los miles de marroquíes que cruzaron la frontera sin que nadie pudiera detenerlos y que prácticamente duplicaron la población española del lugar, sumiéndolo en una terrible crisis humanitaria. Aquí hay algo más. Mucho más.
Una movilización humana de semejante magnitud requiere información compartida, rutas, expectativas comunes, probable financiamiento mínimo y, sobre todo, la percepción de que, durante un tiempo, las autoridades permitirán el paso. Sin esos elementos, es prácticamente imposible que tanta gente arriesgue su vida y decida hacerlo el mismo día y en el mismo lugar.
Evidentemente, tuvo que haber algún nivel de complicidad de las autoridades de Marruecos. Ahí surge la primera pregunta: ¿fue incapacidad o hubo una decisión deliberada de permitir, al menos durante algunas horas, ese éxodo?
Pero existe un segundo elemento, más profundo y de mayores dimensiones, que tampoco podemos ignorar: los conflictos internacionales vigentes.
Particularmente, las diferencias políticas de España con Israel y con Estados Unidos.
La llamada “crisis migratoria” ocurre precisamente cuando España atraviesa uno de los momentos de mayor tensión diplomática con Israel. El gobierno de Pedro Sánchez ha sido uno de los más severos críticos de la ofensiva israelí en Gaza, mientras que el gobierno de Benjamin Netanyahu ha respondido con un lenguaje igualmente duro.
En ese contexto, volvieron a circular mensajes publicados años atrás por Yair Netanyahu, hijo del primer ministro israelí, en los que invitaba a árabes y musulmanes a dirigir su atención hacia Ceuta y Melilla y prácticamente los llamaba a “invadirlas”. Esos mensajes podrían haber sido mera palabrería mediática y, aunque no puedan tomarse con una seriedad “oficial”, revelan el ánimo y las intenciones del grupo gobernante en Israel. Más importante aún, inevitablemente forman parte del contexto político en el que hoy se desarrolla esta crisis.
Tampoco puede ignorarse que Marruecos e Israel mantienen desde hace algunos años una estrecha cooperación política, militar y de inteligencia. Por eso, aunque no haya pruebas fehacientes sobre un involucramiento israelí, la relación sí explica por qué algunos analistas consideran legítimo preguntarse si existió algún grado de coordinación, influencia o coincidencia de intereses israelíes en esta acción, en la que la participación de Marruecos es mucho más difícil de negar.
Ojo, no podemos desacreditar con ligereza las hipótesis que ven en este hecho una relación con los conflictos que se viven en Medio Oriente ni tacharlas de “teorías conspiratorias”, porque es la forma más fácil de evitar el debate.
Así no funciona el análisis geopolítico.
Sabemos bien que los Estados actúan movidos por intereses. Construyen alianzas, ejercen presiones, desarrollan operaciones de influencia y, en ocasiones, utilizan mecanismos indirectos para alcanzar determinados objetivos.
La historia de las relaciones internacionales está llena de episodios que durante años parecían simples especulaciones y que, tiempo después, fueron confirmados mediante documentos desclasificados o investigaciones oficiales.
Por eso, lo que hoy aquí se observa es digno de tomarse en cuenta: dos países —España e Israel— atraviesan un enfrentamiento diplomático de alto nivel y, poco después, ocurre un hecho extraordinario que incrementa objetivamente la presión sobre uno de ellos. Es entonces cuando la obligación de un analista consiste en formular preguntas y exigir que éstas sean respondidas.
La posible participación del gobierno de Benjamin Netanyahu en la crisis de Ceuta es un tema que hoy quema las redes, pero que, más allá de la polarización política que vive el mundo, amerita investigarse con el máximo rigor.
Cuando una coincidencia modifica el tablero internacional, deja de ser un detalle. Se convierte en una pregunta. Y las preguntas, en una democracia, nunca deberían censurarse.
Más aún cuando lo que aquí se asoma es la posibilidad de que el conflicto internacional que se vive en Medio Oriente, y de alguna otra forma también en Ucrania, se esté expandiendo ahora, rozando los pies de Europa occidental.
Justo a través de una España que se ha convertido en el país más crítico del régimen conservador de Israel, algo inédito en décadas.
Una guerra que ahora vuelve a tocar las puertas de Europa y lo hace disfrazada de crisis migratoria.
