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Opinión

No al reduccionismo de la fe

Siete puntos

1. La delirante agresión de Donald Trump al Papa León XIV puede enfocarse desde diversos ángulos. Uno enfatizaría que estamos ante otra bravuconada de un líder que se cree el emperador del mundo y no admite que alguien lo cuestione. Otro puntualizaría que se trata de una distracción más, como lo es la misma guerra contra Irán, para alejar la atención de las complicaciones que él tiene en el escándalo Epstein. Un tercero afirmaría que así es como se hace política en estos tiempos y así es como ganó la presidencia norteamericana para un segundo mandato.

2. Es cierto que Trump no tiene enemigo aborrecido: lo mismo se enemista con el máximo líder de la iglesia católica que con su base evangélica y religiosa —la imagen en la que se retrata a sí mismo como Jesucristo fue considerada como blasfema—; también insulta a comentaristas ultraderechistas estadounidenses, como Tucker Carlson, Megyn Kelly, Candace Owens y Alex Jones, a quienes tacha de limitados intelectualmente; se enemista con sus votantes, molestos por el aumento de los combustibles; y hasta agarra pleito con la Europa conservadora.

3. Todo gira en torno a la innecesaria guerra contra Irán, que, según muchos analistas, va perdiendo. Más de la mitad de los norteamericanos no la aprueban y ni siquiera los mercados, siempre nerviosos y al alza o a la baja de manera estrepitosa, dependiendo de las declaraciones y arrebatos trumpianos, ahora son cada vez menos reactivos. Los inversionistas ya se refieren al parlanchín ocupante de la Casa Blanca como un TACO (Trump Always Chickens Out — “Trump siempre acaba rajándose”—) y comienzan a no hacer caso a sus bravatas.

4. Pero en medio de tal escenario irracional, en el que los ataques al Papa han cobrado relevancia en estos días, apareció el vicepresidente gringo James David Vance —por cierto, católico—, quien invitó a Prevost Martínez a ser cuidadoso con sus opiniones políticas, a concentrarse en temas de moralidad y a enfocarse en asuntos propios de su Iglesia. Consideró, en pocas palabras, que el Vaticano no debe intervenir en política, sumándose así a quienes argumentan que la tarea de la Iglesia debe concentrarse en asuntos espirituales, lejos de los avatares cotidianos.

5. Tales afirmaciones, a las que Trump ni siquiera puede llegar —no tiene el nivel para argumentar de esta manera—, se colocan en la tradicional negación de la dimensión social que es intrínseca a la fe y que no puede reducirse solo a la esfera religiosa. También en los ámbitos educativo, familiar, recreativo, económico y político, la fe tiene mucho que decirnos, pues va a moldear nuestro comportamiento y nos ofrece criterios para tomar decisiones. Reducirla solo al terreno de la práctica religiosa le quita su necesaria incidencia en todos los aspectos de nuestra vida.

6. Siempre me ha resultado curioso que todos los políticos ven con buenos ojos que clérigos —sobre todo si son el Papa, los cardenales y los obispos— alaben sus gestiones, y desde que son candidatos buscan una foto con ellos. Pero cuando los ministros religiosos se vuelven críticos y señalan sus errores, acuden al clásico “Dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, exigiendo que los curas se atrincheren en las sacristías de los templos. Pues no. Como lo dijo el Papa León XIV: “Seguiré hablando en voz alta del mensaje del Evangelio, por el que trabaja la Iglesia”.

7. Cierre icónico. El asesinato de esta semana frente a Arboleda, ícono de la elegancia y prosapia sanpetrina, no solo es un golpe a la tranquilidad de quienes frecuentan ese sitio, poblado de oficinas, restaurantes y negocios de postín, sino que plantea una necesaria interrogante de cara al ya próximo mundial de fut: si eso sucede en el “municipio más seguro de México” —como han alardeado las autoridades de San Pedro—, ¿qué esperar de las zonas aledañas al estadio mundialista, y al centro de Monterrey, que, así se espera, estarán poblados de visitantes y fans?

José Francisco Gómez Hinojosa
ExVicario General de la Arquidiócesis de Monterrey

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