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Opinión

Siguiendo al papa. Del 4 al 10 de septiembre

Siguiendo al Papa

El Papa León XIV: La dignidad de la persona no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla.

AUDIENCIA GENERAL

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), dedica el primer capítulo a la dignidad de la persona humana. El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente, una de las páginas más significativas de la historia humana.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona.

He tenido ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica humanitas: “Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del

rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla” (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, puesto que el Hijo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las

numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización.

La Constitución Gaudium et spes, además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las

visiones dualistas: el ser humano es unidad de cuerpo y alma.

La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: “No debe […] despreciar la vida corporal del hombre”, y es necesario “tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día”, vigilando que este no “permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón” (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et

spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n.16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17).

Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad.

El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección.

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